Con entusiasmo y cierta vacilación, Marco dice que su canción favorita del repertorio de Totó es El Dos de Febrero. Y aunque lo afirma con afecto, también recuerda que le dolió cuando su mamá tuvo que irse de Colombia por su ideología de izquierda y lo dejó, junto con sus hermanas, al cuidado de su padre.
Habla pausado. Da la impresión de que conoce más a Totó que a Sonia. Lo último que hicieron juntos fue intentar lo que ella siempre quiso y nunca pudo: un disco de boleros, íntimo, suyo. No se le aguan los ojos cuando habla de ella, pero le basta una palabra, o un verso, para invocar cualquier tema del repertorio. La canta. La nombra. Totó. O como él todavía le dice: Totico.
La historia de Sonia Bazanta Vides es un viaje a través de la memoria musical de Colombia. Desde las riberas del Magdalena hasta los escenarios más prestigiosos del mundo, Totó llevó consigo el sonido crudo de los tambores y las voces ancestrales que aprendió a escuchar en su infancia.
Nació en 1940 en Talaigua Nuevo, un pueblo de Bolívar donde el río Magdalena es testigo de historias que se narran entre bailes cantados. Pero su vida cambió cuando su familia, liberal para la época, se trasladó a Bogotá. Su madre, Livia Vides, era una matrona de voz poderosa y espíritu liberal; su padre, Daniel Basanta, un percusionista aficionado.
La casa en Bogotá, en el barrio Ricaurte, era un santuario de música y poesía.
“Ahí se escuchaba pura música de acordeón y son cubano. Mi abuela traía músicos de la costa, como Pedro Ramayá Beltrán. Totó creció entre eso: el olor a zapato nuevo de la fábrica familiar y los encuentros musicales en la casa que duraban tres días”, cuenta Marco.
El apodo Totó se lo puso su abuelo Daniel.
“Señalaba todo diciendo To, to, to”, cuenta Marco. A los 15 años, Totó ya bailaba en el grupo de danzas de su mamá; a los 20, aunque estudiaba repostería y atendía la farmacia de su esposo, el médico Marco Royaga, su destino estaba escrito: el canto.
La fama con el baile cantao
El salto vino con el concurso Orquídea de Plata Philips, en 1969. “Ella dijo: "Yo voy a concursar, pero con mis tambores, no con orquesta”. El maestro Muñoz Mora le diseñó un traje con espejos, inspirado en el carnaval de congos.
“A las 7 de la noche, en la final, ella era la ganadora. A las 8 le quitaron el primer lugar. Quedó de segunda, porque era morenita y no hacía música comercial. Le dieron veinte mil pesos, un televisor y la posibilidad de grabar un tema en un compilado. Ese fue el nacimiento oficial de Totó La Momposina y sus Tambores”.
Poco después, Matilde Díaz la recomendó para abrirle un concierto a Rafael Escalona en Ecuador.
“Se presentó con sus tambores y el público estalló en aplausos”, recuerda Marco.
La disciplina la llevó a estudiar técnica vocal en el Conservatorio de la Universidad Nacional, danza con la maestra Delia Zapata Olivella (quien era muy cercana a su madre) y, más tarde, coreografía y ritmo en la Universidad Sorbona de París. Giró por Centroamérica, inauguró la Torre Montparnasse en París en 1974, recorrió la Unión Soviética en 1975 y, en Inglaterra, conoció a Thomas Brooman, quien la llevaría al festival WOMAD y al disco que la consagró en el mundo, La Candela Viva (1993).
Pero el ascenso coincidió con tiempos oscuros.
“Ella siempre tuvo pensamiento de izquierda, y empezaron a aparecer listas negras. Le dijeron: ‘Usted no venga para acá porque está en esa lista’. Y en esa misma lista estaba Gabo”, dice Marco.
Entonces se fue a Europa, entre Francia y otros países donde podía seguir trabajando. “Nos dejó a mis hermanas y a mí con mi papá. Fue duro, pero era eso o arriesgarse a que algo le pasara”.
En 1982, cuando Gabriel García Márquez ganó el Nobel, la invitó a encabezar la delegación artística que viajaría a Estocolmo.
“Gabo dijo: ‘Si esa señora no viene, yo no recibo el premio’. Así, tal cual. Él quería que fuera ella la que liderara la delegación artística”. Totó reunió a 62 artistas de todo el país para mostrar en Suecia las músicas y danzas de cada región.
Totó La Momposina se retiró de los escenarios en 2022. Foto: Pablo Salgado / Revista Bocas
“Ya cerca al viaje había un grupo oficial que el gobierno de la época quería llevar, y Gabo dijo que no, que tenía que ir la gente que él había invitado… y ahí estaba mi mamá, con nosotros, sus tambores”, recuerda Marco.
En Europa construyó una carrera sin traicionar su esencia. “Mario Gareña le insistió durante 30 años para que grabara Yo me llamo cumbia. Ella siempre decía: ‘Es para orquesta, no para tambores’. Cuando al fin la hizo, fue a su manera”. En cualquier escenario, exigía respeto para sus músicos: “En fiestas de políticos querían meterlos en un cuarto a tomar aguardiente, mientras a los invitados les servían whisky. Ella decía: ‘Mis músicos comen conmigo o no canto’”.

Marco Vinicio, el hijo mayor de Totó La Momposina, junto a su mamá en una de sus giras. Foto: Suministrada por Marco Vinicio.
No todo fue éxito. En varias ocasiones quiso dejar su vida artística.
“Perdió la voz a finales de los ochenta y estuvo un año sin cantar. Eso fue duro para todos nosotros. Una vez, en Venezuela, en plena tarima, dijo que se retiraba. Una mujer se levantó llorando: ‘¡No lo haga, maestra!’. Y entonces mi mamá siguió cantando”.
En los noventa, harta de que en Colombia se pagara tan poco por la música tradicional, dejó de presentarse en el país: “En Valledupar ofrecimos su show por 15 millones y a otro artista le dieron 60. Ella dijo: ‘No vuelvo a cantar aquí en Colombia’”.
Pero, incluso en medio de esos desencantos, el mundo seguía reconociendo su grandeza.
En 2006 obtuvo el Premio WOMEX (World Music Expo), que la consagró como una figura clave de la música del mundo. En 2011, el Ministerio de las Culturas le otorgó el Premio Nacional de Vida y Obra, el galardón más alto que concede la institución, en reconocimiento a más de cinco décadas difundiendo la música caribeña. Dos años después, en 2013, recibió el Grammy Latino a la Excelencia Musical, y en 2014 fue premiada con el Distinguished Artist Award de la Sociedad Internacional para las Artes Escénicas (ISPA), además del Premio Nacional de Cultura en Medellín, y en 2017, la Universidad Pedagógica Nacional la nombró Doctora honoris causa en Educación.
Finalmente, en 2022, a los 82 años, decidió retirarse definitivamente. Su adiós fue en el Festival Cordillera, en Bogotá, donde levantó una vez más la voz para decir ‘¡Qué viva Colombia!’ frente a un público que la ovacionaba.
“Ahora está tranquila, en México, en casa, con nosotros. Ya no viaja, pero sigue cantando bajito, aunque no se acuerde de toda la letra”, dice Marco. La recuerda antes de salir a escena, con su ritual, tomándose un momento para pedir permiso a los ancestros y a la madre tierra, como si abriera un canal entre su voz y la memoria de quienes cantaron antes.
Ese gesto, repetido durante décadas, fue su manera de recordarle al mundo que la música no empieza ni termina en uno: se hereda y sigue sonando, incluso cuando la voz se guarda.
**El Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, a través de su estrategia #Cumbia Viva, honra y protege el legado de Totó La Momposina, quien ha sido clave en la revitalización y difusión de la cumbia tradicional del Caribe colombiano.