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Otra manera de contar a Armero: La niñez, un parque y una región mirando

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Un desfile abrió la tarde artística del miércoles 12 de noviembre con un entorno único y extraordinario para tantos habitantes acostumbrados a la vida normal. Ese desfile fue como un río colorido que avanzó, musicalmente, por las calles de la población.

19-11-2025
Artes para la paz

​Foto: Lina Rozo

​Por: Luis Felipe Molina R. Universidad de Caldas

A las tres de la tarde, Armero Guayabal era un horno. El sol caía entero, sin tregua, sobre las calles principales. El termómetro ya había pasado los 32 grados Celsius, pero la verdadera temperatura se medía en otra escala: la de los corazones acelerados de los niños, niñas y jóvenes que llevaban semanas esperando este momento en Artes para la Paz. 

Ese calor era distinto, más parecido a una corriente eléctrica: la vibración previa a lo que está por estallar en belleza.

Un desfile abrió la tarde artística del miércoles 12 de noviembre con un entorno único y extraordinario para tantos habitantes acostumbrados a la vida normal. Ese desfile fue como un río colorido que avanzó, musicalmente, por las calles de la población tolimense. 

Bandas, tambores, vestuarios brillantes, telas que parecían resonar con cada paso. Madres y padres salían a las puertas, vecinos miraban desde los corredores y por un rato Armero se convirtió en un carnaval vivo, desbordado.

El destino final era el Parque Temático Omaira Sánchez, un lugar que en sí mismo lleva una memoria hondísima: un territorio que recuerda y renace. 

Allí, bajo un sol implacable, el equipo de la Universidad de Caldas —operador de Artes para la Paz en Caldas, Cundinamarca, Quindío, Risaralda, Tolima y Valle del Cauca— había dispuesto cinco estaciones para dar testimonio de los procesos creativos y artísticos llevado a cabo en territorio. Cada estación estaba dedicada a una disciplina: música, danza, artes audiovisuales, teatro y escritura creativa.

En la de escritura, los visitantes se detenían con sorpresa: eran los propios niños quienes narraban sus relatos a través de un viejo teléfono de disco adaptado para la ocasión y ubicado en una mesa decorada con una clásica carpeta de tejido nacional. 

Estos textos no fueron contados de memoria, sino sentidos, apropiados de su voz. Cada estación era un pequeño refugio y una cápsula de identidad: allí se mostraba lo que han aprendido, lo que imaginan, lo que les importa. La gente llegaba, escuchaba, se quedaba.

Detrás de esa escena había una red mayor sosteniendo el día: representaciones de los seis departamentos que cubre el convenio entre el Ministerio y la Universidad de Caldas hasta Armero Guayabal. No era un acto aislado: era la cara visible de un entramado pedagógico y creativo que hoy acompaña a 94.200 estudiantes, de la mano de 942 artistas formadores asignados en 589 establecimientos educativos distribuidos en 183 municipios de Colombia.

Ese alcance también se explica por la apuesta material: más de 21 mil millones de pesos destinados a esta zona, que se traducen en dotación, circulación, formación, transporte y acompañamiento pedagógico permanente. En otras palabras, no solo se trata de subir a escena: se trata de hacer posible que el arte llegue, permanezca y transforme.

Artes para la paz


​​Un ritual para abrir el corazón del territorio

La presencia de la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, Yannai Kadamani Fonrodona, marcó un antes y un después en la jornada. Su llegada fue, de algún modo, un reconocimiento: lo que allí pasaba importaba para el país. Lo que estos niños hacían también era política pública. También es futuro.

El acto oficial comenzó con un ritual de armonización. Sobre un prado natural bajo un frondoso árbol de mangos, Fauna —la artista formadora de danza en Fresno— trazó una mandala con frutos de la tierra. 

Fue un gesto sencillo y, al mismo tiempo, profundamente simbólico: antes de hablar, antes de mostrar, antes de celebrar, se honra el espacio. Se llama a la vida, se reconoce la raíz. Era un lenguaje silencioso pero lleno de sentido.

Cuando el director del programa en la Universidad de Caldas, el maestro Yovanny Betancourt, tomó la palabra, dio un mensaje que se sintió como una brújula: este evento —dijo— no era una muestra para impresionar, sino un acto para reconocer a los estudiantes como el centro del trabajo. 

Más de 600 personas escucharon ese mensaje, bajo la sombra escasa por el sol ya camino al poniente, como si juntas encontraran alivio en la misma convicción.

El alcalde de Armero Guayabal, Mauricio Cuéllar Arias, recordó que este año la tragedia cumple 40 años. No fue un dato triste, fue un recordatorio de que ese territorio, tantas veces contado por el dolor, está aquí, vivo, respirando memoria y futuro al mismo tiempo.

La ministra Kadamani retomó la palabra para dirigirse a quienes más importaban: los niños, las niñas, los jóvenes. Habló de derechos, de que la educación artística no puede ser lujo ni excepción, de que la cultura debe formar parte de los currículos. Sus palabras parecían devolverles algo: legitimidad, importancia, lugar.

El arte en la escena

La muestra artística comenzó con fuerza y sabor. Tambor Hembra, agrupación manizaleña invitada, abrió la tarima con un golpe rítmico que obligó a la gente a sacudirse el calor. 

A su presentación se sumaron bailarines y bailarinas que habían viajado desde Buenaventura y que demostraron que cada movimiento era una historia, una voz del Pacífico que atravesaba el parque como ráfaga de mar. Lo tradicional y lo contemporáneo se encontraron en una misma respiración.

Música, luego cuerpos, luego tambores desde otra geografía: una banda marcial de Calarcá integrada por personas con necesidades especiales irrumpió en escena con una energía que desbarató prejuicios. No había límites. No había incapacidades. Había música. Había orgullo y dignidad.

Después, casi como un regalo inesperado, una joven venezolana que estudia en Cartago interpretó un joropo sentido, potente, que dejó claro que las fronteras no impiden que el arte eche raíces donde lo cuidan. Su nombre: Gabby; su fuerza en el escenario y con su voz fue inconfundible, resultó inolvidable.

El teatro tomó la escena con la obra “Omaira”, un montaje que revive las horas más difíciles de aquella noche de 1985. Fue un momento de confrontación. Quienes vivieron la tragedia, o crecieron escuchándola, se quedaron quietos, respirando hondo. Era dolor, pero también un acto de memoria viva: de recordar para no repetir.

Algunos, incluso, por la profundidad de la interpretación de los niños y niñas de Artes para la Paz, decidían ocultar su rostro y no ver. Su dramatización fue tan real que conmovió a muchas personas hasta las lágrimas.

La jornada siguió con más música, esta vez desde Armero mismo, como un gesto de restitución simbólica: este territorio no solo recuerda, crea, enseña, vibra.

El cierre llegó con “Cuerdas Frotadas”, de la Institución Educativa La Cabaña. Más de 58 instrumentos —parte de los 78 que recibieron en dotación del Ministerio de las Culturas— llenaron la tarde de una sonoridad delicada, casi luminosa. Las cuerdas elevaban el aire; el sol bajaba, pero las emociones no.

Cuando la noche cayó, todavía cálida, pero ya más amable, el parque seguía lleno de ilusión juvenil. Era evidente que muchos de esos niños jamás habían estado en un escenario cultural. Sin embargo, ese miércoles, ocuparon uno como si siempre hubiera sido suyo y que les pertenecerá siempre.

La muestra terminó, pero la sensación de alegría que otorga el arte se mantiene patente. Al caer la noche se percibía una mezcla rara y hermosa: cansancio, orgullo, memoria, ternura. 

También, una certeza discreta, pero fuerte: el arte, cuando llega a tiempo, también salva, sana y, sobre todo, siembra un mejor mañana.​

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