“Santa Marta para nosotros es todo".
Con esta frase, Moisés Villafañe, del pueblo Arhuaco, define la relación de las comunidades indígenas con la capital del Magdalena, que está en camino de conmemorar los 500 años de su fundación hispánica.
Villafañe, que estudió derecho en la Universidad Sergio Arboleda y ha trabajado en instituciones como Naciones Unidas, fue elegido como representante de los pueblos Kogui, Arhuaco, Wiwa, Kankuamo, Taganga y Ette Ennaka en la Comisión Preparatoria del Quinto Centenario de Santa Marta.
Según el arhuaco, las culturas indígenas han sido invisibilizadas y uno de los objetivos del trabajo en miras a la conmemoración del quinto centenario de la ciudad es mostrar el aporte que estos pueblos han hecho a la construcción del país y de la paz desde su cultura y su espiritualidad.
“Nuestro papel y participación deben ser mostrando la diversidad cultural de los pueblos, la historia, las tradiciones, las costumbres, las visiones diferentes de cómo conservar el medioambiente, porque todo gira en torno a la madre naturaleza", añade Villafañe.
Para ilustrar esa tradición, Villafañe recuerda que, antes de la llegada de los españoles, la cultura de los pueblos que hoy habitan la Sierra Nevada de Santa Marta -Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo- se desarrolló en la parte baja de la ciudad.
“La ilusión que tienen todos los indígenas que están en la parte de arriba es regresar a ese lugar sagrado que alguna vez garantizó la reproducción cultural", añade.
Antes de la conquista española, asegura Villafañe, Santa Marta era un lugar lleno de paz, de pueblos indígenas diversos que convivían, cambiaban maíz por pescado, comían caracoles y usaban las conchitas de mar para hacer sus poporos. Con la llegada de los españoles, a estos pueblos los despejaron de sus tierras, de su paraíso.
“Para nosotros, ellos no fueron conquistadores ni fueron los que nos descubrieron, sino gente que nos quitó nuestros derechos y nuestras riquezas, nos negaron la historia y nos llevaron a la parte alta. Allá fue donde pudimos guardar nuestra alma, nuestro espíritu y el sentido de vida", afirma.

Villafañe con el tradicional poporo de las comunidades indígenas de la Sierra Nevada.
Ese espacio sagrado del sistema montañoso de la Sierra Nevada, que se convirtió en el refugio de los pueblos Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo, está rodeado por la Línea Negra. Esta delimitación marca el territorio ancestral que los cuatro pueblos indígenas deben cuidar y en el que viven físicamente.
Según Villafañe, los mamos diseñaron la Línea Negra no sólo para que ese territorio se respetara, sino que se convirtió en un altar donde las comunidades veneran a sus ancestros y a los animales.
De esta manera, dice el líder arhuaco, nunca se pierde la idea de lo sagrado.
Culturas dinámicas
En una de las reuniones de las autoridades de los pueblos indígenas, en las que consensuaron propuestas de cara a la conmemoración de los 500 años de Santa Marta, uno de los conceptos que más sobresalió fue el de las culturas dinámicas.
Sobre esta idea, Moisés Villafañe asegura que las culturas indígenas no sólo viven recitando el pasado, sino que también se adaptan a las transformaciones. El líder arhuaco destaca que, por ejemplo, los pueblos originarios se están adaptando al cambio climático.

Según Villafañe, las culturas indígenas no sólo viven recitando el pasado, sino que también se adaptan a las transformaciones.
“No quiere decir que los indígenas de hoy van a cambiar todo, sino que vamos a adaptarnos a los momentos del desarrollo humano sin perder la esencia de lo que fuimos y de lo que somos. Se puede el desarrollo, pero con sentido espiritual y ambiental", especifica.
Esa convicción y ese sentido de la vida que está inspirado en la naturaleza, y que Villafañe define como una 'ecosofía', ha sido la piedra angular sobre la que estos pueblos han basado su resistencia pacífica.
Y es que, en palabras del arhuaco, nunca han respondido con violencia a pesar de que les han negado su derecho, les quitaron sus tierras, aunque trataron de imponerles otra religión para castrarles el pensamiento propio y de que muchos perdieron sus vidas por defender sus territorios, su identidad, su cultura, su lengua.
“Hemos pasado tantas pruebas y nunca hemos dado respuesta con la violencia porque somos de naturaleza pacífica y somos gente de diálogo, somos gente que va al altar a pensar, a meditar y a concluir que ese no es el camino", dice.
Por eso es tan importante esta conmemoración de los 500 años de Santa Marta, pues, según Villafañe, los pueblos indígenas quieren mostrar sus formas de vida y romper los estigmas que los califican de manera despectiva.
La búsqueda no es únicamente el reclamo, sino que la sociedad acepte que hubo una destrucción, que reconozca los derechos que tienen los pueblos indígenas y los vincule y los respete de acuerdo con sus costumbres y cosmovisiones.
“Si Santa Marta quiere hacer historia, debe partir de los indígenas, de sus conocimientos de cómo conservar el medio ambiente. Todo el mundo tiene los ojos puestos en la Sierra Nevada porque ha sido el ejemplo para otros pueblos... Es un lugar estratégico espiritualmente", finaliza Villafañe.