Durante los dos últimos días de la Feria del Libro de Bogotá, artistas formadores provenientes de Sucre, Chocó, Córdoba, San Andrés y Providencia, y Antioquia, propiciaron un espacio de intercambio cultural que evidenció la riqueza y diversidad de los territorios.
A través de talleres, conversatorios y muestras artísticas del programa Artes para la Paz, se generaron encuentros sensibles alrededor de la identidad, la memoria y las prácticas culturales propias de cada región.
La participación en la FILBo permitió visibilizar el impacto del programa en contextos educativos, especialmente en zonas rurales de estos cinco departamentos, donde los artistas formadores desarrollan procesos pedagógicos con niños, niñas, jóvenes y adolescentes. En estos espacios, el arte se consolida como una herramienta que no solo fomenta la creatividad y la expresión, sino que también fortalece la construcción de proyectos de vida, el reconocimiento del entorno y la preservación de saberes ancestrales.
La programación incluyó experiencias que integraron diversas disciplinas artísticas, coordinadas por la Universidad de Antioquia:
Taller: Manuelita: el viaje a las diversidades
Taller: Estéticas sonoras sabaneras, narrativas de Raúl Gómez Jattin
Taller: Teatrovesuras
Taller: Música raizal como identidad nacional, con participación de artistas formadores de San Andrés y Providencia
Taller: Narrativas del movimiento en el Chocó
Conversatorio sonoro: “De orilla a orilla”, un diálogo de saberes entre artistas formadores y sabedores de Sucre, Urabá, Chocó y San Andrés y Providencia
Adicionalmente, se dispuso un espacio expositivo con un tendedero fotográfico que dio cuenta del recorrido del programa en los territorios. Esta muestra recogió voces, experiencias y percepciones construidas a partir de encuentros territoriales y grupos focales, evidenciando el impacto del arte en las comunidades y en los equipos de trabajo.
Como cierre, la experiencia colectiva encontró su punto más alto en La barahúnda, un encuentro vivo entre los artistas formadores que sintetizó el pulso compartido de los territorios a través del cuerpo, la música y la palabra. En el texto “Barahúnda, pulso de hermanos”, escrito por Carlos Andrés Restrepo Espinosa, coordinador pedagógico del programa, quien recoge en su voz la fuerza de este encuentro: “De orilla a orilla, yo te encuentro […] distintos como raíces torcidas, idénticos en el gesto que tiembla […] ¡un país nuevo, mío, nuestro! Con el arte como revolución genuina”. Su poema se convirtió en una declaración sensible del sentido del programa: el arte como un latido común que une territorios, memorias y futuros posibles.

Barahúnda, pulso de hermanos
Yo vengo de la barahúnda,
despropósito que se organiza en mis venas,
magia del asombro que me quema hasta al paroxismo .
De orilla a orilla, yo te encuentro:
San Andrés me salpica raizal, Providencia me vuela en creole,
Sucre me arrastra en cumbiambas, Córdoba me aprieta en porro fiero, Uraba me arrastra al bullerenge,
Antioquia me forja en arrierías y memorias de tabaco, Chocó me ahoga en chirimías de ríos sanadores.
Distintos como raíces torcidas,
idénticos en el gesto que tiembla,
en el movimiento que late igual,
en esta idea sanadora que me parte el pecho:
¡un país nuevo, mío, nuestro!
Con el arte como revolución genuina,
Con perspectivas y no expectativas que brotan para los hijos de mi sangre.
Lo ancestral me grita desde la tumba, reivindica mi piel contemporánea;
yo hilvano tejidos con agujas cómo piquetes de estrellas,
no para ser el mismo, no:
para yuxtaponer mi grito al tuyo,
sonido hermano que me nombra en la oscuridad.
¡Barahúnda en mi garganta, caos que parió posibilidad!
Ruido de emociones que escupo, sensaciones que danzo,
fiesta que me avisa: no te detengas hermano,
El descanso puede ser a veces una trampa que invita a rendirnos.
En la entropía, mi línea segura late,
camino inequívoco que me arrastra a hacía todos.
Pese al silencio acallador, veneno que acecha —no el que me hace pensar—,
intimida mi asteroide de arte divino.
Acometenos, el yo resucito:
¡bullerengues que me curan el alma, calipsos que me liberan, porros que encienden,
fandangos que me levantan hacía un cielo de bronces.
Sin amor territorial, sin este pertenecer que me desgarra y une,
¿de qué vale mi arte, mi formación para no morir?
Yo sigo, tú sigues, en la barahúnda que no calla.
Mi pulso es tuyo. Sigamos latiendo.
