Por Julio César Guzmán* - Creador de Cuatro de Julio
A finales del siglo XIX, la música de cuerda floreció en los ambientes académicos colombianos, como emulación de las tunas y las estudiantinas españolas que cruzaron el Atlántico. Ese legado, que recogió el compositor vallecaucano Pedro Morales Pino, encarnado en la que es considerada la primera estudiantina nacional de la historia, la Lira Colombiana, vibra aún como las cuerdas de un tiple, gracias a las estudiantinas regionales que apoya el programa Artes para la paz.
Uno de sus herederos es el intérprete de bandola Fabián Forero, quien ahora es el director artístico del Sistema de estudiantinas regionales, y quien desde muy joven se aficionó por esa especie de lira moderna, con doce cuerdas y cuerpo en forma de lágrima, cuyas notas agudas distinguen a la música de los Andes colombianos. “Caramba, es que en mi casa ha habido una vocación muy fuerte por el arte –dice Forero–. Mis hermanos me matricularon en el Conservatorio de la Universidad Nacional cuando yo tenía 7 años. Y desde los 10, empecé a estudiar bandola por unas coincidencias de la vida muy curiosas y hasta el momento no he dejado de hacer música andina colombiana”.
Forero es uno de los portaestandartes de este movimiento, con raíces que superan los 130 años en el país, pero que desde 2023 recibió un nuevo impulso, como el de una guitarra acústica cuando se conecta a la amplificación: en ese año se crearon seis Estudiantinas Regionales apoyadas por el Plan Nacional de Música para la Convivencia. Hasta entonces, la cuerda pulsada (a diferencia de los violines, por ejemplo, que son instrumentos de cuerda frotada) no había tenido un reconocimiento institucional y de profesionalidad en Colombia, asegura Forero:
“Toda esta tradición centenaria ha tenido también participación de algunos otros instrumentos, como la flauta, incluso el clarinete, el contrabajo y, por ejemplo, la primera estudiantina que fue la Lira Colombiana de Morales Pino contaba con un violonchelo. Hasta Luis A. Calvo tocó violonchelo en una de las versiones de la Lira Colombiana. Y por supuesto, las percusiones, así que ha sido un formato flexible, un poco móvil, que ha mantenido como base los instrumentos de cuerdas pulsadas y en las versiones contemporáneas de nuestras Estudiantinas regionales del Ministerio, cuenta con bandolas, requintos, tiples, guitarras, contrabajos y percusiones”.
Es una evolución del formato tradicional del trío andino colombiano (guitarra, tiple y bandola) que incluye los otros tipos de instrumentos, como explica Ángela Acevedo, bandolista de la Estudiantina del Alto Magdalena. “Es un formato ampliado, con una sonoridad muy acústica. Tiene un tinte académico y es una tradición que lleva muchos años, presente en ciudades como Neiva, en nuestro caso”.
Justamente la proliferación de instrumentos explicaba la escasez de apoyo a este género, como recuerda el director de la Estudiantina del Altiplano cundiboyacense, Freddy Fonseca: “Era muy difícil la ayuda a los grupos de cuerda pulsada, sobre todo las estudiantinas que son tan grandes, pues pueden tener hasta 30 o 40 integrantes. Inclusive, en una época tuvimos una estudiantina en Tunja de 60 y pico de muchachos”.
Fonseca ha reducido el formato de su estudiantina a cerca de 25 músicos, no solo con cuerdas, sino también con otro tipo de instrumentos: “Hay una percusión típica, pero también una percusión semisinfónica con el tema de las placas, el xilófono, y también el contrabajo, que le da el bajo de una manera muy acústica, muy sobria y muy fresca para la agrupación”.
Por su parte, Oriana Medina, solista en bandola de la estudiantina cundiboyacense, destaca la vocación que palpita detrás de los atriles y las cuerdas: “Nunca se había dado la posibilidad de que haya tantas estudiantinas en diferentes regiones y en donde haya un pago al músico. Siempre nosotros nos movíamos por amor al arte y nos seguimos moviendo por amor al arte, pero esto cambia un poco en la dignificación del artista. Es valiosísimo para nosotros porque lo que pasa en las regiones con las estudiantinas es inmenso y cada vez hay más niños, jóvenes y adolescentes sumándose al aprendizaje de estos instrumentos”.
Medina es una mujer consagrada a la música y basta ver cómo carga su bandola para entender que ese pequeño encordado es su hija, una extensión de su cuerpo. “Nosotros ensayamos con regularidad –explica–, semanalmente nos estamos viendo tres veces, más o menos por un espacio de tres o cuatro horas de ensayo. Siempre se hace un ensayo general y uno parcial. Entonces, por ejemplo, en la estudiantina del altiplano se reúnen aparte los requintos, aparte las bandolas, aparte los tiples, aparte las guitarras y las percusiones. Y luego ya nos juntamos todos y hacemos el ensayo general”.
INTERTÍTULO 1: Seguirles la cuerda
El coordinador del Grupo de Música del Ministerio de las Culturas, Jorge Sossa, recuerda que el formato de las estudiantinas tiene presencia en 13 departamentos y está representado en numerosas escuelas de música. “Hay una historia de agrupaciones como la estudiantina Sonolux –cita Sossa–, como la estudiantina Colombia, la estudiantina Bochica y más recientemente Nogal Orquesta de Cuerdas. Así como un cúmulo de agrupaciones que muestran una práctica viva y sobre todo con jóvenes músicos profesionales que optaron por el tiple, la bandola y el requinto”.
Sossa destaca que el enfoque que se dio en el año 2023 no fue el de crear una sola agrupación, a semejanza de la Orquesta Sinfónica Nacional, sino distribuir los esfuerzos en diversas zonas de Colombia. Así nacieron las seis agrupaciones.
“La primera es la del Alto Magdalena –explica Andrés Linares, coordinador misional de las estudiantinas regionales–, que se encuentra en Neiva. Tenemos la del Altiplano Cundiboyacense, cuya sede es Tunja. La de los Andes Antioqueños, con sede en Medellín. Tenemos la estudiantina del Eje Cafetero, con sede en Pereira. La estudiantina del Valle del río Cauca, con sede en Cali. Y tenemos la estudiantina de la Montaña santandereana, en Bucaramanga. Esas son sus sedes principales”.
Linares es otro músico (no reconocí a ningún funcionario de las estudiantinas que no toque al menos una guitarra) que decidió fortalecer su perfil profesional con formación en otras disciplinas. Sus funciones logísticas están al servicio del arte, de los virtuosos que tenían que buscarse otro empleo para sobrevivir: “Este es un espacio que permite dignificar a la persona profesional que estudia su licenciatura en música o que estudia sus artes musicales y tener la oportunidad de hacer lo que le gusta. Es dignificar las oportunidades laborales de los artistas, de los tiplistas, de los requintistas, bandolistas, guitarristas, contrabajistas y hasta los artistas de percusión. Es la oportunidad de que ellos puedan interpretar sus instrumentos con un gozo, con un gusto particular, teniendo esa premisa de que se les va a reconocer lo que están haciendo”.
En cuanto a la capacitación, las estudiantinas imparten talleres y charlas en diferentes espacios, aprovechando que muchos de sus integrantes son pedagogos, licenciados o incluso con estudios magistrales en disciplinas artísticas. “En las estudiantinas regionales hay un poco más de 150 músicos, para empezar –calcula el director Forero–. Pero procesos de enseñanza de cuerdas pulsadas desde la escolaridad hasta el pregrado y aún el posgrado debe haber una infinidad. Hay unos nodos, unos centros muy importantes de estudio de estos instrumentos en las zonas donde están ubicadas las estudiantinas”.
La jefe de la línea de guitarras de la Estudiantina del Eje Cafetero, Valentina Álvarez, acaba de recibir su grado profesional y se siente orgullosa de la labor social de su conjunto: “Es un punto de encuentro donde la comunidad se reconoce a sí misma, a través de la música. La función que cumplimos es acercarnos a esas escuelas de música y llevar nuestro conocimiento a ellos, compartirlo con sus docentes, con los niños, jóvenes y adultos. Nos hemos encontrado con gente de todas las edades que está interesada en la música colombiana”.
Pero además, otra de las tareas fundamentales de este conglomerado es la preservación del repertorio: que las futuras generaciones conozcan las piezas compuestas para dicho formato. “En este momento estamos creando un repositorio –dice Sosa, del MinCulturas–, con más de 100 partituras que se han venido acopiando desde el 2023. Partituras que incluyen obras tradicionales con versiones actuales y obras de nuevos creadores, todas con sus derechos establecidos, que es un elemento fundamental y en perspectiva de crecer”.
Ese banco de partituras está disponible en internet (estudiantinasregionales.mincultura.gov.co) en un sitio web que las clasifica según si se trata de arreglos, versiones originales, adaptaciones o transcripciones. Además de la partitura en sí, la plataforma ofrece pequeños fragmentos en audio y video, controles de descarga y de derechos, además de un directorio para contactar a titulares de las obras y herederos de los compositores.
“Hay una versión que hizo el maestro Fabián Forero, el director general de todas las estudiantinas, para La Gata Golosa (famoso clásico de la música colombiana) de una riqueza rítmica, de una gama de sonido donde entra el contrabajo con su arco, las cortes y las dinámicas rítmicas, en fin. Es un formato que también permite ir sobre el repertorio y reversionarlo, enriquecerlo”.
En efecto, durante una reciente presentación de la Estudiantina cundiboyacense en el Auditorio Boyaquirá, de la ciudad de Tunja, ofreció no solo piezas andinas, sino que tocó versiones académicas de porros, cumbias, tangos y otros géneros. Su director, Freddy Fonseca, anuncia que en los próximos meses su grupo estrenará un repertorio que se pasea por todas las regiones del país, incluyendo salsa y música llanera, porque los instrumentos son muy versátiles.
Los espacios públicos son parte de las metas que les ha impuesto a las estudiantinas la Asociación Nacional de las Artes (ANA), que administra el presupuesto de funcionamiento. “Hay momentos en que las agrupaciones tienen que brindar espacios absolutamente gratuitos –dice Antonio Suárez, director de la ANA– para que las personas tengan la experiencia estética, pero también es importante construir un concepto, un imaginario para algunos sectores que lo puedan pagar, pagar por las entradas que ayuda a financiar parte de los proyectos que se van desarrollando”.
INTERTÍTULO 2: La música en los genes
A todos los protagonistas de esta historia el pentagrama les impregnó la vida a muy corta edad. Por ejemplo, el maestro Forero se obsesionó con las cuerdas en resonancia cuando aún estudiaba la primaria: “A los 10 años empecé a estudiar bandola, como te decía, por una coincidencia muy curiosa y es que uno de los grandes bandolistas que había aquí en Bogotá, de un colectivo que llamamos cariñosamente como la vieja guardia bogotana, la bohemia bogotana, llevó una bandola al colegio donde yo estudiaba. Yo ya estaba en el conservatorio pero me matriculé en bandola y se me convirtió en un proyecto de vida. Cuando estudié no había posibilidad de acceder a la educación superior, al nivel de pregrado estudiando este instrumento, entonces tuve que hacer una cantidad de maromas, de desplazamientos, de irme fuera del país para conseguir una titulación. Pero lo más lindo también es haber podido volver para fortalecer toda esta iniciativa”.
Valentina Álvarez, de la Estudiantina del Eje Cafetero, llegó a la música por medio del canto, cuando tenía apenas 8 años. “Luego sentí la necesidad de tocar una guitarra, sin haber tenido un acercamiento con ella. Más que un gusto era una vocación que quería convertir en un proyecto de vida. Tuve la fortuna de encontrar gente que me apoyara y tener lugares y maestros que estuvieran enseñándome. Ahora, queremos llegar a los niños que tengan ese mismo gusto y decirles que sí se puede”.
Ella le transfiere a la guitarra su manera de expresarse y de construir su destino. Entiende la realidad al compás de sus seis cuerdas: desde lo armónico, lo rítmico y lo acompañante. “La música me cambió totalmente la vida –asegura Álvarez–. Me ha dado un propósito, me ha dado disciplina, he hecho un camino profesional y una comunidad, he podido conocer personas maravillosas, sensibles. He podido estudiar, viajar, compartir mi conocimiento, transformar realidades por medio de talleres y procesos formativos. He visto cómo compañeros encuentran en la música una salida, un refugio y una oportunidad de proyectarse profesionalmente”.
En el caso de Freddy Fonseca, el director del altiplano, también le debe su vocación a la suerte: “Mi papá era un tiplista empírico, que le gustaba tocar carranga, bambucos, pasillos y guabinas. Alguna vez dejó por ahí botados los instrumentos mientras ensayaban y se me dio la gana –como decimos aquí en Boyacá– de coger una guitarra y un tiple y un requinto y hacerlo sonar. Y bueno: desde entonces me conozco haciendo música”.
Mucho se ha conocido, porque se vinculó a la estudiantina de Boyacá en 1999, obtuvo el Gran Premio Mono Núñez en 2005, ganó el Festival Nacional del Pasillo, el Festival Nacional de la Rumba Criolla y participó en giras internacionales a Estados Unidos.
Un comienzo similar tuvo Andrés Linares, el coordinador misional de las estudiantinas regionales: “Mi padre decidió aprender a tocar requinto y yo me pregunté qué era eso tan curioso. Él empezó en la Academia Luis A. Calvo, que todavía existe ahí en Chapinero, pero no hubo una atención particular para que él siguiera estudiando. Y yo un día vi ahí el requinto y le dije: ‘Présteme, yo trato de tocar a ver qué puedo hacer’”.
Esa curiosidad terminó en clases particulares con el profesor Camilo Cifuentes, y desde entonces Linares recorrió el país tocando en festivales infantiles y juveniles.
En cambio, la solista de la estudiantina del altiplano Oriana Medina recibió ese don desde el vientre materno: “La música está en mi vida desde siempre. Mi mamá fue música, entonces básicamente desde la gestación yo tengo contacto con la música, ya llevo 40 años y 9 mesecitos, por así decirlo”. Su carrera empezó cuando estudiaba en el Colegio Nuestra Señora de Fátima, de la Policía Nacional, donde se aficionó a la bandola y desde la adolescencia es parte fundamental de su vida diaria.
“Yo no concibo la vida sin música, sin tocar, sin estar en espacios en donde yo pueda escuchar música, de aprendizaje. Mi vida entera se mueve en torno a la música, yo la necesito para vivir”, exclama Medina, aferrada a su bandola. Con ese instrumento, ella también interpreta música académica y de otros estilos, pues considera que la música es universal y no hay barreras entre diferentes géneros.
INTERTÍTULO 3: Un futuro sonoro
Aunque algunas personas consideren que es un formato del siglo pasado, la música andina colombiana tiene cuerda para rato. “El papel de la Asociación Nacional de las Artes –dice su director, Antonio Suárez–no es solo la implementación de esta fase de las estudiantinas, sino plantearnos por lo menos dos o tres nuevos retos. Nosotros queremos acompañar en nuestra experiencia y en nuestro desarrollo para que estas agrupaciones regionales puedan sumar los recursos que se necesitan desde lo humano hasta lo técnico para que sean aún más estables, visibles y con mayor calidad. Parte de la gestión nuestra es abrir esos espacios de conversación para que los recursos regionales entiendan el aporte que está haciendo la nación allí”.
A su vez, el coordinador Linares explica los tres ejes centrales del proyecto con las Estudiantinas regionales: “Uno es generar 120 actividades, 20 por estudiantina, discriminados en dos aspectos: pedagógicos y artísticos. No estamos haciendo hincapié en qué tantas acciones pedagógicas o qué tantas artísticas. Lo que buscamos es llegar a un común acuerdo y que desde cada territorio promuevan dichas actividades. Y desde la gestión de las mismas estudiantinas tienen que abordar 30 alianzas, es decir cinco por cada estudiantina”.
La ductilidad de este tipo de agrupaciones ayuda en esa tarea, pues las estudiantinas pueden moverse en el mundo popular y en el académico. De acuerdo con Jorge Sossa, del MinCulturas, “deben tener base campesina en muchos lugares. Las liras, que eran las bandolas de 16 cuerdas de hace mucho tiempo, eran tocadas por los músicos campesinos con una vertiente de tradición oral. Pero también tienen una vertiente académica, que ha estudiado a profundidad las características acústicas, los repertorios, las posibilidades compositivas y tenemos virtuosos del tiple, de la bandola y de la guitarra”.
En su opinión, lejos de ser un formato que añora tiempos pasados, la estudiantina dialoga con lenguajes contemporáneos, como los que emplean los jóvenes compositores. “Si logran que en 2026 se afiancen sus bases de sostenibilidad económica, cultural, académica e investigativa, tendremos estudiantinas para largo rato. Pero el mensaje es: La estudiantina no es solo que el Ministerio las apoye. Es cómo lo apropia la sociedad para hacer de ese formato algo que es muy colombiano”, concluye Sossa.
De hecho, muchos intérpretes de la música andina colombiana han traspasado fronteras y han venido dando conciertos en Asia, Europa, Norteamérica, Sudamérica y Centroamérica, como recuerda el director boyacense Freddy Fonseca. “Con la iniciativa de Artes para la Paz –apunta Fonseca–, se busca desde muchas dimensiones en temas de formación artística, llegar a sociedades, a grupos humanos que han adolecido de la oportunidad de tener cercanía con el arte o a quienes la situación convulsa del país ha alejado. Seguramente, con la música es probable que estén recuperando esperanza, alegría, confianza en la vida misma. Y pues, qué mejor que tocar un instrumento, oírse un bambuco, un pasillo, ¿no?”.
La formación musical, tal y como la imparten los miembros de las estudiantinas, recibió un impulso legislativo esta misma semana, con la sanción de la Ley de Artes al Aula, que convirtió en mandato legal la educación artística como derecho cultural y eje para la construcción de ciudadanía. El aprendizaje que acumulan los intérpretes de cuerdas se podrá transmitir a las escuelas de manera expedita, ya que la ley permite priorizar a las instituciones educativas rurales que estén rezagadas en la educación artística y cultural.
“Para mí, la música es la que le pone la sal y la pimienta a la vida –remata Fonseca–. Hace algunos días estuvimos haciendo un concierto en un centro penitenciario de Boyacá, en Santa Rosa de Viterbo. Fue tal vez el concierto más lindo que pudimos tener, con un público increíble. Inclusive, en algún momento empezó a llover y en el lugar todos se cobijaron cerca a la estudiantina. Disfrutaron tanto el concierto que algunos me preguntaron: ‘Venga, ¿no pueden hacer una agrupación de estas acá?’ Sería maravilloso”.
* La reportería de esta serie periodística se pudo realizar gracias al apoyo de la Asociación Nacional de las Artes, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y su programa Artes para la Paz.