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Especial: Destinos tocados por la música (Segunda parte)

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En la serie periodística sobre el impacto social de las artes en diferentes regiones de Colombia, una crónica de la entrega de instrumentos sinfónicos en una escuela de Tacueyó, Cauca.

21-11-2025
Artes para la paz

​Por Julio César Guzmán* - Creador de Cuatro de Julio

El profesor Jadín Charria Chagüendo vive en Miranda, el primer municipio del Cauca al ingresar por el norte, luego de cruzar el río Desbaratado, que traza la frontera entre ese departamento y el Valle del Cauca.

Como director musical de la Institución Educativa Agropecuaria Quintín Lame, Charria debe ir hasta Corinto, y luego de atravesar el corregimiento El Palo, subir la cordillera central hacia el resguardo indígena de Tacueyó, donde lo esperan sus alumnos.

El maestro recorre los 24 kilómetros que separan a Miranda de Tacueyó en un viaje que puede tomar una hora y media, pues el último tercio es una subida de premio de montaña sobre un sendero destapado, cundido de piedras y de no pocos abismos. En uno de ellos, la comunidad construyó un puente comunitario que cruza la quebrada El Pedregal, cuyo cauce irriga un paisaje de exuberancia estremecedora.

Esas obras civiles se financian con peajes informales que generan una demora adicional, pues la comunidad indígena detiene los vehículos y les pide 5.000 pesos, con los cuales luego tiende vías, acueductos y puentes. Es una travesía bella, significativa y extenuante a la vez, que exige una buena motocicleta (no hay carro que la aguante por mucho tiempo) y en efecto, el profesor Charria tuvo que comprarse una moto mejor que la que tenía, porque la precaria suspensión de la vieja la hacía corcovearse y afectaba sus riñones y su espalda.

En fin: este sinuoso relato, tal como el camino hacia Tacueyó, solo evidencia el esfuerzo del profesor Charria, quien hace ese recorrido todos los días. Ida y vuelta. Y lo hace con la fe del carbonero porque está convencido del talento y el afecto que le prodigan los niños, como un verdadero apóstol de la instrucción artística. Llegó a Tacueyó hace 16 años, luego de graduarse como Licenciado en música de la Universidad del Valle y obtener una maestría en dirección musical, en la Universidad del Cauca.​

Pero esos títulos pomposos palidecen frente al entusiasmo de los 70 estudiantes del coro y los 43 integrantes de la banda del colegio, cuyas edades oscilan entre los 7 y los 15 años. Todos ellos le piden un abrazo antes de comenzar los ensayos (“abrazo de al menos 9 segundos para que se alcancen a sincronizar los corazones”, dice él) y le cuentan sus problemas, sus sueños, sus alegrías. Charria se ha convertido en un segundo padre para varios de ellos.

A su vez, la escuela musical se ha convertido en otro motivo para que los niños asistan, ya que algunos de ellos deben caminar hasta una hora para llegar a un punto en el cual los recoja una de las seis chivas escolares. Cabe recordar que el resguardo indígena de Tacueyó está conformado por 36 veredas, la más lejana a 50 minutos en carro.

Es natural que los niños permanezcan todo el día en la escuela, en jornadas solo interrumpidas por los almuerzos masivos que las mujeres de la comunidad cocinan en leña sobre cinco pailas cónicas y gigantescas, suficientes para alimentar por turnos a 1.200 estudiantes y 62 profesores.

La rutina de este hormiguero bien sincronizado, de uniformes blancos y azules que van y vienen, se vio interrumpida el pasado 29 de octubre, cuando después de casi dos años de espera llegó un camión cargado de cajas inmensas de cartón. Venía lleno de esperanzas embaladas en Europa, en forma de trompas, cilindros y tubos de una dotación de instrumentos musicales sinfónicos.

Artes para la paz


Apuesta Millonaria

Las dotaciones musicales son una de las metas del programa Artes para la Paz y se cuentan por varios centenares. Solamente las que hace la Asociación Nacional de las Artes (ANA) son 200 entregas en todo el país, además de sus respectivas capacitaciones sobre uso, almacenamiento, cuidado y mantenimiento de los instrumentos. Si bien el proyecto tiene impacto en los 32 departamentos, se vienen priorizando municipios tradicionalmente afectados por el conflicto armado y la falta de oportunidades. Por ejemplo, además de Tacueyó (corregimiento del municipio de Toribío), se han hecho otras ocho entregas de instrumentos en el Cauca, más ocho en Chocó, siete en Bolívar, La Guajira y Atlántico, cinco en Córdoba y las demás en las restantes jurisdicciones departamentales.

Según el director de la Asociación Nacional de las Artes, Antonio Suárez, la inversión en estas dotaciones se acerca a los 15 mil millones de pesos: “Hay unos instrumentos para iniciación musical –explica Suárez–, hay otros de carácter sinfónico, hay un grueso importante de instrumentos para la banda, que es tal vez la formación más generalizada que tiene nuestro país en formas de interpretación, sobre todo en los municipios de Colombia. Y hay otra para músicas urbanas, es decir rock y otras expresiones”.

La definición del tipo de instrumentos que se entregan depende de cada colegio, pero también del criterio de los expertos del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, en atención a la idiosincrasia de cada región. “Los niños están adquiriendo conocimientos, están reforzando muchas habilidades en materia de iniciación artística –opina Manuel Calderón, gerente del programa Artes para la Paz–. Pero también necesitan instrumentos para que puedan desarrollar esas habilidades y potenciar mucho mejor esos procesos formativos. Tenemos un primer tema de dotaciones musicales, que consisten en sets musicales de acuerdo con rutas de formación y experiencia que cada colegio selecciona según lo que los niños y su artista formador quieren”.

Fabio Arandia, proveedor logístico y fabricante de instrumentos del set de iniciación, confirma que él personalmente supervisa la fabricación y transporte de 60 equipos de instrumentos, pero no sinfónicos, como los de la banda de Tacueyó. “Este año estamos fabricando equipos de iniciación, uno por cada institución educativa que nos asignaron. Contienen xilófonos, juegos de percusión folclórica, flautas dulces, teclados, guitarras nacionales, metalófonos, carrillones, claves… en total, son más o menos 44 elementos por cada equipo”.

La empresa de Arandia, con sede en el barrio Tabora de Bogotá, se encarga de la manufactura a nivel nacional. Por ejemplo, subcontrata la percusión folclórica en San Jacinto, Bolívar. Y las guitarras son de fabricación santandereana. Pero él, como proveedor, responde por la totalidad del equipo, incluyendo la garantía de que todos los instrumentos lleguen a su destino final.

“Hace dos meses –recuerda Arandia–, me sucedió que, en una escuela nueva en Cerrito, Santander, teníamos logística montada para entrar por ese departamento, pero no había cómo llegar hasta el municipio. La rectora de la escuela me llamó y me aclaró que solo había paso dando un rodeo para llegar por Saravena, Arauca. Eso alargaba el trayecto casi al doble, así que me propuso recibir los equipamientos en Cubará, Boyacá, contratar personas para llevar a pie aquellos instrumentos que por su delicadeza no se pueden amarrar al lomo de una mula y el resto sí cargarlos en estos animales. Ya sabemos que los recibió, pero no hemos podido hablar con ella, porque además la señal es difícil en su territorio”.

Las contingencias están a la orden del día para que los niños accedan a la interpretación musical. En algunas comunidades indígenas no dejan pasar a los particulares que entregan los equipos. En otros casos, el conflicto armado se convierte en una barrera infranqueable y entra a jugar el ingenio para hacer llegar la preciada carga. A mediados de septiembre, el reto era llevar una dotación de música del Pacífico a Istmina, Chocó. Con tres días de antelación, el camión partió de Medellín con los instrumentos, pero una protesta civil bloqueó la única vía de acceso y los niños chocoanos, reunidos en el coliseo municipal, tuvieron que devolverse a sus casas y esperar una semana a que se lograra desbloquear el paso. Eso sin contar con que, a su llegada, el equipo tuvo que distribuirse en lanchas para remontar el río San Juan y arribar a la vereda destinataria, varias horas después.

En el caso de Tacueyó, el camión con los instrumentos más grandes tuvo que recibir acompañamiento de la guardia indígena. A pocos metros de llegar al pueblo, el vehículo se retrasó a la espera de un plantón en homenaje a los miembros de la propia guardia caídos hace seis años, en una masacre que dejó cinco muertos, entre ellos una autoridad indígena y uno de los guardias que custodiaba la escuela Quintín Lame.

Este corregimiento ha sido vinculado a noticias luctuosas, como la llamada ‘masacre de Tacueyó’, que, según estableció la Comisión de la Verdad, le costó la vida a 164 combatientes de un grupo guerrillero disidente de las Farc a finales de 1985. “Es la masacre más grande que haya cometido un grupo guerrillero y la purga que adquiere mayor nivel de importancia por sus antecedentes”, asegura un documento oficial de esa comisión. Por eso es tan emblemático que la vida y las artes florezcan en territorios tan estigmatizados por la violencia.

Mientras esperaba la ansiada dotación, el maestro Charria recordó que el proceso para conseguir los instrumentos se había iniciado dos años atrás, cuando el proyecto Sonidos para la Construcción de Paz (como se llamaba antes el programa Artes para la Paz) se interesó en la escuela: “Nosotros, por tener una banda, un coro y una chirimía, accedimos a ese proyecto presidencial y nos enviaron unas visitas al territorio. Fue entonces cuando el MinCulturas se dio cuenta del potencial musical y de lo que hacemos en la escuela, por lo cual nos hicieron partícipes de la COP 16, en donde se presentó nuestro coro”.

Las voces de los 70 niños resonaron en la COP 16 de Cali junto a la Orquesta Sinfónica Nacional y figuras de la música del Pacífico como Nidia Góngora y Hugo Candelario. Escucharlos entonar sus canciones, mitad en español y mitad en nasa yuwe (su lengua ancestral), es una experiencia inspiradora. Su talento se fortaleció gracias al equipo del Coro Nacional de Colombia que envió el gobierno, con el objeto de hacer talleres con los menores. Además, una maestra de la Universidad del Valle los apoyó en el montaje y luego de su concierto en el evento global de Cali emprendieron la solicitud de los nuevos instrumentos.

“Esa dotación la tuvimos que esperar más de un año y medio –dice Charria–, pues primero se tenían que entregar a otras instituciones para músicas tradicionales, bandas marciales, músicas campesinas y luego sí nuestro formato sinfónico, que es una dotación costosa, porque tiene una línea muy específica”. 

En efecto, una de las beneficiadas con los equipos para iniciación musical fue la escuela rural San Roque, del municipio de Sardinata, en Norte de Santander: plena zona del Catatumbo, que suele figurar en los noticieros por hechos lamentables. El rector de esa institución, Jhon Ortega, trabajó todo el fin de semana pasado con obreros y algunos voluntarios para adecuar un salón viejo con pintura, pañetes, nuevos techos y pisos, de manera que se convierta en la sede del grupo musical que dará uso a los instrumentos que acaban de llegar. “Nos ofrecieron crear una ludoteca y eso aquí es un privilegio: será el sitio reservado para los instrumentos musicales y los niños que los usen. Me sueño con verlos tocando, reconocer a los que saben cantar y que descubran que pueden hacer música”, me dice el rector Ortega en una extensa video conferencia, mientras se pasea por todo su colegio exhibiendo con orgullo la dotación artística.

Su proceso de entrega fue dispendioso porque algún asesor de una entidad nortesantandereana cuestionó que le otorgaran instrumentos costosos. Decía que se iban a deteriorar y que sería una lástima tenerlos ahí. Pero Ortega insistió y finalmente recibió más de 100 elementos, entre flautas, un teclado de piano, juegos de tamboras, xilófonos cromáticos, carrillones, triángulos, maracas, claves y numerosos atriles. Ya reposan a la espera de la estantería y los muebles que harán de un viejo salón una reformada sala de música, biblioteca y ya se está gestionando un punto de internet con cinco computadores, para abrir una puerta no solo a los niños, sino a sus padres.

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Fiesta en el resguardo

Tan pronto cruzó las puertas de la escuela Quintín Lame, el camión con los instrumentos fue abordado por niños y adultos, curiosos por ver el contenido de las cajas. En lo que ellos llaman trabajo en minga, es decir colaborativo, se organizó de inmediato una cadena humana para trasladar las cajas a la escuela de música, contabilizar y verificar que correspondían con las actas de entrega. No hay que olvidar que el costo de esta dotación se acerca a los 300 millones de pesos.

El día anterior habían viajado desde Miranda los instrumentos más ligeros: 20 cajas pequeñas con clarinetes, trompetas, flautas, trombones y tambores. Ahora, en otras 20 cajas grandes fueron apareciendo una tuba dorada de cuatro pistones, un timbal de 29 pulgadas (tan grande como una nevera mediana) y otro de 26, un gigantesco bombo sinfónico, saxofones, clarinetes, atriles para las partituras, platillos, bombardinos, cornos franceses y decenas de aditamentos, también provenientes de Francia.

Mientras el conductor del camión tomaba un respiro, se aseguró de que la guardia indígena lo acompañara de regreso a Coritno, pues tenía nuevas entregas que atender en escuelas de Cali y Popayán: la música no da espera.

Una de las más conmovidas era Salomé Yule, una primorosa niña de 12 años cuyos rizos recuerdan las caricaturas de La pequeña Lulú. Por su elevada estatura y su afición, es la única que puede cargar e interpretar la tuba y durante la noche anterior se desveló pensando en la nueva que llegaría a la escuela. “Me emocioné mucho, mi corazón palpitaba por recibirla. Con la tuba, a veces me quedo sin aire antes de terminar las notas, me toca parar y seguir con la otra. Pero esta nueva me motiva más a aprender a tocarla. Llevo ya dos años con la música, por influencia de mi papá, que es músico también en Toribío. Me gustaría formar una banda, ya que me interesa el rock en español”.

La presentación en público de los instrumentos se convirtió en un evento social, puesto que fueron exhibidos en el polideportivo de la escuela, con presencia de niños y jóvenes de todos los cursos. Las autoridades indígenas agradecieron la dotación y antes de las intervenciones musicales, el thë’ wala (médico tradicional) Eliserio Vitonás hizo un ritual pronunciando unas palabras en voz baja, rociando los estuches, los atriles y toda la dotación con una bebida espiritual preparada con yerbas de la región. “La música es importante porque es el despertar –dice Vitonás–. Para estar bien en armonía con la comunidad y con los seres espirituales. El ritual es de agradecimiento a los espíritus, a la madre tierra y a quienes hicieron la donación”, asegura.

Vitonás explicó que, para la indígena nasa, el tambor es el trueno y la flauta es el viento. Luego, los niños ensordecieron el recinto con truenos y vientos al interpretar sus canciones, acompañados por bandola, tiple y guitarra que el trío Inherente, de música colombiana, trajo desde la Universidad del Valle, en Cali. Tanto en los discursos, como en las canciones y en las almas, era imposible ignorar que el verbo ‘resistir’ se hizo omnipresente.

Y no se trata de una reacción aislada en Tacueyó. También en Sardinata, el rector Ortega resiste a su manera. La música para él es una herramienta contra la barbarie. “Tengo un joven que estaba listo para irse al corazón del Catatumbo, lo iban a reclutar –asegura Ortega, sin dar nombres propios–. Él quería irse, tenía problemas con los papás, quienes se separaron, y él también tenía su mal comportamiento. Un primo lo convenció de que se quedara y se le despertó el interés por la música. Para él es uno de los instrumentos que llegaron. Yo sueño con un Catatumbo diferente. Yo soy de Cáchira, pero tengo la esperanza de que aquí se alcance la paz”.

Por su parte, Jadín Charria Chagüendo no ha terminado de desempacar todos los instrumentos nuevos y ya está planeando nuevos proyectos, quiere tener una banda más robusta en Tacueyó y que tenga incluso circulación internacional. Sueña con unas instalaciones más adecuadas y que todos sigan trabajando “en minga”, sin jerarquías, de modo que la finalidad no sea brillar de manera individual, sino trabajar con los demás.

“Nuestro territorio ofrece muchas cosas, algunas no tan buenas –reflexiona Charria–. Tenemos egresados que hoy son directores en bandas de municipios vecinos. Tenemos niños que quieren tomar la música como profesión. Y nos hace felices que todos nuestros egresados son profesionales, padres de familia o han viajado a otro país y son personas íntegras, que contribuyen a la sociedad”.

Antes de apagar las cámaras y los micrófonos, le pregunto al profesor Charria qué es la música para él. “La música para mí la resumo en una frase: no es un fin, sino un medio para salvar vidas. Para transformar sociedades, para amar de manera genuina, de manera respetuosa y honorable. Para construir una mejor sociedad”.

* La reportería de esta serie periodística se pudo realizar gracias al apoyo de la Asociación Nacional de las Artes, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y su programa Artes para la Paz.​

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