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Especial: Destinos tocados por la música (Cuarta entrega)

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El cierre de esta serie periodística sobre el impacto social de las artes se impregna del toque mágico de la música en los centros penitenciarios, dentro del programa ‘Cultura para la libertad’.

12-12-2025
Artes para la paz

​Por Julio César Guzmán* - Creador de Cuatro de Julio

“Vamos a brindar por el ausente, que el año que viene esté presente…”. 

Las rimas que cada diciembre canta Pastor López cobran un nuevo significado cuando vuelan entonadas por la orquesta Prison State, del centro penitenciario El Barne, en Boyacá. Con motivo de su debut fuera de la cárcel, los privados de la libertad estremecen al público del Auditorio Boyaquirá, en Tunja, que acompaña y aplaude las canciones con ojos inundados de emoción.

“Esta es la primera salida que se nos da desde que yo estoy con ellos –revela el dragoneante Duván Salazar, director del grupo–. Y ojalá que salgamos lo que más se pueda. Que se dé a conocer que en El Barne sí se está haciendo el trabajo, la misionalidad que es la resocialización”.

Hace tres años, Salazar radicó el proyecto de crear una agrupación musical en la penitenciaría de mediana seguridad de El Barne (antes llamada Cómbita) y ahora, con orgullo, toca las congas con su uniforme camuflado, mientras los demás integrantes lucen una camiseta negra que lleva impreso el logotipo ‘Prison State’ en su pecho. Antes solían llamarse ‘Los de adentro’, en uno de los escapes de humor que les permite su condición.

“Vamos a desearle buena suerte y que Dios lo guarde de la muerte…”.

Con nuevos instrumentos y el apoyo del proyecto ‘Cultura para la libertad’ del programa ‘Artes para la paz’, el encierro es más llevadero gracias al poder inefable de la música. “Las directivas del penal y el área psicosocial nos han abierto las puertas –exclama Juan Vega Pérez, integrante de Prison State– y ensayamos casi todos los días. Hace unos años era más complejo salir a los ensayos. Había muchas trabas, pero hoy en día la guardia y todos lo han facilitado. Creo que hasta nos cansamos de tanto ensayar”.

Vega se inició en la música desde su adolescencia, en Santa Marta, aprendiendo los rudimentos de la percusión: la tambora, el llamador, las congas, el alegre, el guache. Luego incursionó en el saxofón y se interesó por el vallenato… hasta que las rejas interrumpieron la melodía. 

“Nosotros tuvimos la oportunidad de salir en el 2017, para participar en un programa que se llamaba ExpoTalentos, en Bogotá, en la Plaza de Bolívar. Esa vez fuimos como agrupación vallenata. De ese momento a hoy solo quedamos dos músicos, porque a la mayoría los han trasladado o se han ido en libertad. Pero sí tuve la oportunidad de estar por fuera en ese momento”, recuerda Vega.

Mientras la orquesta se pasea por el merengue, la salsa y la balada, entre los espectadores se liberan recuerdos descorchados por las notas musicales. En segunda fila, Jefferson Cumber, formador del programa ‘Cultura para la libertad’ en Florencia, Caquetá, se remonta a su infancia en el Huila, antes de haberse vinculado al Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, Inpec: “Yo tuve padre presente hasta los 4 años de edad. Por separación con mi madre, él desapareció de mi vida. De pequeño, mi mamá me cuenta que yo me sentaba al lado de la escuela, con vista hacia el horizonte, por donde mi papá se fue. Todas las tardes, cuando no me encontraba, ella iba y me buscaba allá. Y me decía ‘¿Usted qué hace aquí? Ya está tarde’. Y yo le respondía: ‘Estoy esperando a que venga mi papá. Ahora que venga, me entro con él’. 

Años más tarde, Cumber prestó servicio militar en el Inpec e ingresó al cuerpo de custodia de un centro penitenciario de Neiva. “Y resulta que yo me voy a prestar servicio y vuelvo a ver allí a mi papá. A través de un vidrio, lo encontré privado de la libertad. Lo reconocí de inmediato porque tenía ligeros recuerdos. No fueron necesarias las palabras, pero pensé: ‘Gracias a Dios está bien, está vivo, aunque haya perdido la libertad. No le guardo ningún rencor’”.

Cumber sobrellevó ese momento gracias a la música, a la cual le atribuye haber sido su salvación muchas veces. “La música me permitió dejar de cargar con tantas cosas… –suspira–. Cuando él salió en libertad, yo fui quien le abrió la reja. Parece de película, pero es verdad: Él salió a las 6:30 de la tarde. Salió un poco a la carrera, a abrazar a su nueva familia. Y yo sentí envidia de la buena, porque fue una niña la que salió gritando ‘Papá’. Y me dio alegría por ver a una hija abrazando a su padre”. ​


INTERTÍTULO 1: Reconocimiento internacional

Cumber y otros formadores musicales de todo el país acudieron a Tunja para el encuentro Artes, Memorias y Libertad, en la Escuela Taller de Boyacá. Sus experiencias se nutrieron mutuamente del trabajo en los centros de reclusión. Una de ellas fue la maestra de danzas Aleida Flórez, quien cambió su trabajo con grupos infantiles en Barranquilla por un penal en Girardot. “Me pareció un reto para mí estar con personas privadas de la libertad. Y quería asumirlo, porque la experiencia con niños es totalmente diferente. Estas personas me han enseñado demasiado”.

Flórez se acordó de la preocupación de su madre por ingresar a un centro solo para hombres cuando llegó a la entrevista con la directora en Girardot y ella le confirmó que la mayoría de la población carcelaria estaba recluida allí por violación, asesinato y robo. “Una experiencia que me marcó mucho –asegura Flórez– fue que uno de los participantes me dijo: ‘Profe, a mí lo que me gusta es ser sicario’. Y yo le decía: ‘Vamos a buscar otra manera de enamorarte de un arte, puede ser música o danza’. Y él me insistía: ‘Profe, ¿cómo hago para desprenderme de esa idea?’. 

La maestra convirtió su arte en herramienta útil para la vida, cuando empezó a enseñarles a sus nuevos alumnos cómo bailar de manera adecuada con una pareja, luego de que cumplan su condena: “Fueron muy respetuosos, son personas totalmente transparentes, sinceras, honestas… aunque siempre el personal del Inpec estuvo muy pendiente”.

“Son muchas personas las que se están beneficiando –dice Antonio Suarez, director de la Asociación Nacional de las Artes, sobre el proyecto ‘Cultura para la libertad’– y son 35 centros penitenciarios donde se viene desarrollando. Yo estuve en uno de ellos, con un concierto que desarrollamos con el Quinteto de Mujeres de la Sinfónica Nacional. Y evidentemente hay que ver el resultado para sentir el impacto tan profundo en las cárceles. Gran parte de la responsabilidad que nosotros tenemos como artistas es brindar respuestas a lo que sucede en las cárceles”.

Paola Vargas, miembro del equipo pedagógico de la iniciativa ‘Artes para la Paz’, recuerda que estas tareas llevan más de una década. “Hay que destacar la labor de la Biblioteca Nacional, que desde el año 2008 viene trabajando en procesos de sensibilización hacia la lectura y la escritura creativa. Ahí está el primer germen del trabajo que viene desarrollando el Ministerio de las Culturas. Prueba de ello son las 17 ediciones de un libro que se titula ‘Fugas de tinta’”.

Vargas calcula que son 2.500 personas privadas de la libertad quienes reciben atención en los establecimientos penitenciarios y 400 jóvenes del Sistema de responsabilidad penal adolescente. Y, por supuesto, no son solo hombres los beneficiados: “Cuando las mujeres están privadas de la libertad, en algunos casos están embarazadas. Más adelante dan a luz y el ICBF les genera un espacio de protección, en donde ellas pueden estar con sus hijos. La atención en estos espacios es muy importante, porque a veces, por ejemplo, las mujeres pueden llegar a tener depresión posparto y no quieren estar con su bebé. Entonces, cuando se inicia el proceso con la música o con la danza, hay otro tipo de contacto con el bebé”.

En su memoria reposa una tarde cuando una madre comenzó a cantarle a su bebé en la celda y luego todo el patio terminó cantando. “Y en el curso de un evento organizado por el programa ‘Cultura para la libertad’, hubo no solo muestras de afecto, sino una petición de mano en pleno centro de reclusión. La música y el arte se vuelven un pretexto para acompañar las historias”, afirma Vargas.

Esta forma de encontrar belleza en medio de la adversidad no es propiedad exclusiva de quienes están privados de la libertad. “Hemos visto en muchos de estos establecimientos que algunas personas del cuerpo de custodia se vinculan a las orquestas. Y se borran las fronteras. No hay uniforme que esté por encima de eso”, dice Clara Patricia Triana, investigadora del proceso de formación de Cultura para la libertad.

Triana cree que en esos entornos las artes son una posibilidad cercana de ser libres en un plano espiritual. “Hay personas privadas de la libertad que tienen condenas muy largas, por ejemplo, y que conforman una orquesta o componen una canción y encuentran que sus canciones no son quejas, lamentos, no son solamente de dolor, sino que hay mucha esperanza en eso que componen”.

En efecto, el concierto de Prison State se cierra con la composición de uno de los privados de la libertad, el saxofonista samario Juan Vega Pérez, quien se le mide a cantar: “Yo te amo, mi amor, cuando vienes o voy; Yo te amo, mi amor, hasta en mi soledad”, dice su coro en ritmo de salsa, mientras algunos miembros de la orquesta sacan a bailar a las instructoras pedagógicas de la prisión. 

Es fácil comprender por qué esta iniciativa llamó la atención de la Organización de Estados Americanos (OEA), que decidió en agosto pasado concederle el Premio Interamericano a la Innovación en Gestión Pública al programa ‘Cultura para la libertad’, en la categoría de Innovación en la inclusión social. El programa del MinCulturas, ejecutado por la Asociación Nacional de las Artes, ANA, fue escogido entre las 111 postulaciones que llegaron de 12 países miembros de la OEA, según el acta del jurado. ​

INTERTÍTULO 2: Encontrar lo sublime

Más allá del galardón internacional, el director de la ANA, Antonio Suárez, destaca el valor de brindar experiencias inolvidables a quienes transitan rutas de extrema dureza: “Hubo un momento maravilloso en el concierto que tuvimos en la cárcel de mujeres de Pereira. Estaban tocando parte de una suite de Bach para el quinteto femenino, en un patio con mujeres privadas de la libertad, y de pronto entró un gorrioncito, un pajarito, y fue una experiencia, podría decir, sublime. Fue como si estuviéramos en un lugar inmaculado. Yo quedé inmerso en la experiencia y cuando volteé a ver a nuestra asistente de concertino, la maestra Gámez, estaba llorando. Y también las mujeres privadas de la libertad estaban completamente inundadas de la experiencia artística”.

Al término del concierto de Prison State en Tunja, las parejas de baile se sientan junto a los espectadores que prefirieron no salir al pasillo. Uno de ellos es Jefferson Cumber, el formador del Caquetá, quien tuvo motivos para no dar vueltas al son de la música. “Yo iba a seguir mi carrera en el Inpec, pero tuve un accidente y perdí el pie izquierdo. Un señor en su camioneta se salió del carril”, relata mientras se levanta el pantalón para enseñar una prótesis metálica. “Yo me mantenía fuerte cuando mi mamá se acercaba, porque no quería cargarle más culpas, pero cuando ella no estaba, yo me sentía roto. Y la música… nuevamente llegó y me rescató de tocar fondo y volver a sanar”.  

Cumber también ha compuesto canciones, con base en los textos que escriben sus alumnos de la penitenciaría en Florencia. Una de ellas dice: ‘Se puede volar sin alas y saltar sobre las nubes. Se puede besar el alma con las notas musicales’. “Mira, te voy a decir unas palabras textuales que me han dicho ya dos internos. Uno me dio la mano, me la sujetó con la otra y me dijo: ‘Profesor, muchas gracias, porque en sus clases me quitó un peso de encima’. Y este año, la misma historia: ‘Muchas gracias, porque en sus clases me he sentido libre’.

La instructora de danzas Aleida Flórez también está satisfecha porque logró incorporar a su grupo al joven que solo quería ser sicario. “Al final, vino y me dijo: ‘Profe, ¿y mi ropa? Ya voy a bailar’. Y le dije: ‘Vea, usted que en un principio me dijo que no le gustaba’. Y él me respondió: ‘No, profe, ya quiero cambiar esta mentalidad, quiero cambiar mi informe. Quiero que mis manos ya no sean para dañar sino para cultivar cosas buenas en la vida’. Él ahora se dedica a hacer artesanías y me regaló una también”.

Flórez entregó a sus pupilos un certificado expedido por el programa ‘Cultura para la libertad’, al final del curso: “Ellos se sentían superorgullosos porque hay personas que ni siquiera han terminado el bachillerato, ni una primaria y nunca habían tenido algo con su nombre”.

Una ceremonia similar cerró el concierto en el Auditorio Boyaquirá. La investigadora Patricia Triana, junto a Paola Vargas, de ‘Artes para la Paz’, hizo entrega de diplomas a los privados de la libertad, pero esta vez decidió improvisar un detalle muy significativo, al pedir a uno de los espectadores que subiera al escenario. “Todo lo que hacemos, lo hacemos con amor por lo que ustedes están logrando –exclamó Triana, con voz ahogada–. Y por eso, queremos invitar a alguien que está en el público, para que tenga la oportunidad de entregarle a su hijo el certificado”.

Decenas de celulares grabaron el momento en que un humilde campesino, vestido de ruana y con una boina azul, subió a la tarima para abrazar a su hijo, José William Pacazuca, el bajista de Prison State. 

Antes de abordar la camioneta que llevaría de regreso a los músicos a la penitenciaría de El Barne, Pacazuca compartió conmigo una reflexión sobre la música: “A veces uno se pregunta cuándo será que se va a morir. Pero hasta cuando uno esté vivo y tenga esa capacidad y tenga esa energía, uno tiene que hacerla. A veces me he limitado a huir de la música. Tuve un accidente y tuve una limitación en mis manos, pero eso no me impidió tocar… me quedé atrás por un tiempo, pero cuando a uno le nace, le nace”.

- ¿Qué es para usted la música?

- Soñar, sentir, vivir.

* La reportería de esta serie periodística se pudo realizar gracias al apoyo de la Asociación Nacional de las Artes, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y su programa Artes para la Paz.​​

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