Bogotá, 1 de octubre de 2026. “Hay libros que se escriben para dejar constancia de un conocimiento; otros, para salvar del olvido fragmentos de la vida; y unos, muy pocos, que consiguen hacer ambas cosas al mismo tiempo. El Lexicón del Valle de Upar pertenece, por derecho propio, a esta última categoría. Veinticinco años después del cruento asesinato de Consuelo Araújo Noguera, por parte de las Farc, el Instituto Caro y Cuervo vuelve a poner en circulación esta obra, publicada originalmente por nuestra institución en 1994. Lo hacemos mediante una edición impresa de carácter especial y, de manera simultánea, a través de una versión digital gratuita y abierta al mundo. No se trata meramente de reeditar un texto, sino de abrir de nuevo una puerta hacia una región, hacia una memoria colectiva y, sobre todo, hacia una manera singular de nombrar el mundo.
Las palabras que “La Cacica” reunió con rigor y esmero en estas páginas no son piezas inmóviles de un museo lingüístico, sino voces que caminaron por las calles, plazas, fincas, caminos y parrandas de Valledupar; expresiones cotidianas pronunciadas por hombres y mujeres que hicieron de la conversación una forma de convivencia y del relato oral, una forma de memoria. Su investigación recogió voces, modismos, giros, interjecciones, locuciones, dichos, refranes y coplas, y consiguió preservar algo que trasciende la definición de cada término: su sonoridad, su gracia y su capacidad para expresar una experiencia particular del territorio y de quienes lo habitan. Por eso, este libro es al mismo tiempo una obra lexicográfica y un documento de memoria cultural.
Recordar hoy a Consuelo Araújo Noguera exige mirar mucho más allá de su imborrable liderazgo en la creación del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968, junto con Alfonso López Michelsen, Rafael Escalona y otros colaboradores, así como de su trayectoria como escritora, periodista, gestora cultural y servidora pública, que la llevó hasta el Ministerio de Cultura. Exige reconocer también a la mujer que comprendió que, antes de fijar una palabra en un libro, hay que haberla escuchado y, antes de escucharla, haber reconocido que merece ser escuchada.
Esa disposición resulta fundamental para comprender la trascendencia de su trabajo. Durante mucho tiempo, las hablas regionales fueron consideradas formas secundarias frente a modelos de lengua establecidos desde determinados centros de prestigio. Eran juzgadas como rusticidades, desviaciones o curiosidades. El Lexicón del Valle de Upar adopta una perspectiva distinta: registra una variedad del español colombiano desde el reconocimiento de su legitimidad cultural y de su riqueza expresiva. No pretende corregirla ni acomodarla a una norma abstracta, sino hacer visible su singularidad.

El director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, en la sede norte de la institución, junto al busto del poeta colombiano José Asunción Silva.
La lengua vive precisamente en esa diversidad. El español de Colombia no es una sola voz, sino un tejido de variedades, acentos, construcciones, vocabularios y formas de relacionarse con el mundo. Dentro de ese tejido, el habla del Valle de Upar y del Caribe colombiano constituyen una expresión particular de la historia social y cultural de sus comunidades. Cuando una palabra cae en desuso, no desaparece únicamente un término, sino que puede perderse también el nombre de un oficio, una relación con el paisaje, una costumbre, una imagen o una manera de entender las relaciones humanas. Registrar las palabras es, por tanto, registrar las huellas de una comunidad.
En este punto se encuentra uno de los mayores valores de la obra de Consuelo Araújo Noguera. Un diccionario puede decirnos qué significa una palabra; pero un buen lexicón puede mostrarnos, además, qué mundo hizo necesaria esa palabra. De allí que esta obra interese no solo a quienes estudian el vallenato, sino también la lexicografía, la dialectología, los estudios de oralidad, la paremiología, la literatura popular, la historia cultural y los estudios sobre identidad. Su objeto es una variedad regional del español, pero las preguntas que suscita alcanzan una dimensión mucho más amplia: ¿cómo una comunidad hace suyo el idioma?, ¿cómo conserva sus formas de nombrar?, ¿cómo transforma su repertorio lingüístico sin dejar de reconocerse en él?
La respuesta a esas preguntas se encuentra estrechamente vinculada con la historia del vallenato.
La música tradicional y este Lexicón pertenecen a una misma ecología cultural. El vallenato nació y se desarrolló profundamente ligado a la narración: sus cantos cuentan, describen, recuerdan, celebran, reclaman, advierten y transmiten noticias. La palabra hablada y la palabra cantada se alimentan mutuamente. Por eso no resulta extraño que quien dedicó buena parte de su vida a defender y proyectar el vallenato se ocupara también de recoger las palabras que habitaban detrás de sus canciones.
El Festival de la Leyenda Vallenata y el Lexicón constituyen, en ese sentido, dos formas complementarias de Consuelo Araújo Noguera de preservar una misma memoria. El primero creó un escenario para los juglares, compositores, acordeoneros, cajeros, guacharaqueros y verseadores; el segundo hizo visible la lengua que sostenía sus relatos. Ambos proyectos reconocieron que aquello que nace de la experiencia popular, regional y oral no es menos valioso. Por el contrario, su condición oral hace más urgente la creación de espacios y herramientas que permitan su transmisión.
El alcance que posteriormente adquirió el vallenato confirma la importancia de aquella intuición. En 2015, la UNESCO lo inscribió en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia. Esta categoría encierra una enseñanza fundamental: ser patrimonio no significa haber quedado definitivamente a
salvo, sino asumir una responsabilidad permanente de protección, documentación y transmisión. En ese horizonte, el Lexicón del Valle de Upar conserva plena vigencia, pues ofrece una herramienta concreta para conocer y estudiar una de las dimensiones esenciales de esa tradición: su lengua.
Esta reedición adquiere, además, un significado particular por la circunstancia en que vuelve a publicarse. El 29 de septiembre de 2001, la exministra de Cultura, la gran “quijote” del patrimonio, la dama emblemática de la cultura vallenata Consuelo Araújo Noguera fue asesinada por las Farc después de haber sido secuestrada por ese grupo terrorista. La dimensión de aquella tragedia forma parte inseparable de la memoria colombiana y no puede ser ignorada. Pero tampoco debemos permitir que la violencia sea la única clave para recordar su vida. La maestra Araújo Noguera fue víctima de la violencia del terrorismo que le arrebató la vida, pero que no consiguió borrar aquello, tan inmenso, que ella había construido. Recordarla hoy significa, precisamente, impedir que esa violencia termine también por silenciar su obra, evitar que triunfe el objetivo de los militantes comunistas que le quitaron la vida.
Este homenaje a Consuelo Araújo Noguera debe ser, al mismo tiempo, un tributo profundo a los escritores, intelectuales y lingüistas que han sido perseguidos, censurados, exiliados, torturados y asesinados por los totalitarismos a lo largo de la historia. Mantener vivo su legado es también recordar a aquellos autores brillantes a quienes regímenes despóticos y colectivismos dictatoriales han intentado reducir al silencio absoluto: aquellos a quienes racionaron el papel y el pan, encerraron en manicomios estatales bajo diagnósticos falsos, obligaron a rechazar premios bajo amenaza de cárcel (como Boris Pasternak, forzado por la dictadura soviética a declinar el Nobel), o aquellos a los que las dictaduras más sangrientas condujeron a campos de concentración, como los Gulag, en la Unión Soviética, o las UMAP en Cuba, o al trágico destino de la prisión, el exilio o el suicidio, como Reinaldo Arenas.
Es hacer memoria de las bibliotecas milenarias devoradas por el fuego durante la Revolución Cultural China y de los autores que prefirieron la muerte antes que la castración mental. Frente al empeño siniestro del totalitarismo de no solo matar al disidente, sino de borrarlo de las enciclopedias, arrancar su rostro de las fotos con tinta negra y convertirlo en una "no persona", la reedición de este Lexicón y la defensa irrestricta de la palabra libre reafirman que la mejor respuesta contra el dogma y el olvido es la lectura, la investigación y la memoria indestructible de la cultura.
La mejor respuesta, en este caso, no puede ser el silencio, sino devolver a las nuevas generaciones las herramientas que dejó una mujer que entendió que la defensa de una cultura no se realiza únicamente desde los escenarios, los festivales o los cargos públicos, sino también desde actos aparentemente sencillos, como escuchar, preguntar, registrar, definir y conservar.
Esa responsabilidad explica el sentido de esta nueva edición. En 1994, el Instituto Caro y Cuervo acogió y publicó una investigación dedicada a la lengua popular vallenata. Hoy, treinta y dos años después, vuelve a encontrarse con ella para ampliar las posibilidades de acceso a un patrimonio que no debe permanecer restringido a quienes tengan la oportunidad de localizar un ejemplar físico en una biblioteca. La edición impresa conserva la dimensión material de la obra y la digital amplía radicalmente su circulación. El papel conserva; lo digital expande.
Esta apertura no es únicamente una decisión tecnológica. Es una decisión cultural. Significa que un joven de Valledupar puede consultar el libro, que un profesor de La Guajira puede llevarlo al aula, que un estudiante de lingüística, en cualquier lugar del mundo, puede incorporarlo a una investigación, que un músico puede comprender mejor una expresión de sus canciones y que un lector situado lejos del Caribe puede acercarse a esta región a través de sus palabras. Significa, en suma, que el patrimonio lingüístico colombiano puede dialogar con el mundo.
También significa devolver el libro a la comunidad de lectores para la cual fue pensado y abrirlo a quienes todavía no conocen el universo que contiene. Una muchacha que reconoce en sus páginas una palabra de su abuela, un investigador que estudia las variedades regionales del español o un lector extranjero que llega buscando el significado de una expresión pueden encontrar en sus páginas algo más que una definición: una historia, un territorio y una forma de vida.
Sin embargo, poner nuevamente en circulación esta obra no significa convertir el habla del Valle de Upar en una pieza inerte. La lengua viva cambia. Algunas palabras desaparecen, otras transforman su significado y otras nuevas ingresan al repertorio de las comunidades. Salvaguardar una tradición no equivale a congelarla, sino a comprender cómo logra continuar dentro del cambio. Por eso esta reedición debe ser también una invitación a investigar qué palabras permanecen, cuáles se han transformado, cuáles han desaparecido y cuáles han surgido; cómo han incidido la migración, la radio, la televisión, la música popular y las redes sociales; y cómo se transmite hoy la tradición lingüística entre abuelos, padres e hijos.
El verdadero homenaje a una investigadora consiste en permitir que su trabajo siga generando preguntas. La maestra Consuelo Araújo Noguera no puede responder las preguntas del presente, pero dejó una herramienta extraordinaria para formularlas. Ese es el legado de una obra intelectual: no cerrar una conversación, sino abrirla.
Esta edición quiere ser, por ello, un puente entre 1994 y 2026; entre el libro impreso y el digital; entre la memoria y las nuevas generaciones; entre Valledupar y el mundo; entre la palabra hablada y la palabra registrada. Pero, sobre todo, quiere ser un puente entre la obra de Consuelo Araújo Noguera y los lectores que todavía tienen por descubrirla.
El Lexicón del Valle de Upar puede abrirse para buscar una palabra, seguir una definición, encontrar un refrán o descubrir una copla. Pero quizá su mayor virtud consista en que, detrás de cada voz, nos permite entrever una escena y, detrás de cada escena, una comunidad. Nos recuerda que una lengua es mucho más que un conjunto ordenado de palabras, sino una forma de mirar, de recordar, de contar, de cantar y de estar juntos.
El Instituto Caro y Cuervo vuelve a poner esta obra en circulación porque cree que una palabra puede ser patrimonio, que un refrán puede contener una filosofía, que una copla puede guardar una época y que la lengua de una región forma parte de la historia de Colombia. Lo hacemos porque sabemos que el conocimiento no se honra encerrándolo, sino compartiéndolo; que la memoria no se fortalece repitiendo el pasado de manera invariable, sino haciéndolo dialogar con el presente; y que una cultura permanece viva cuando encuentra nuevas voces capaces de recibirla, transformarla y transmitirla.
El mejor homenaje a Consuelo Araújo Noguera, entonces, no es convertirla solamente en estatua ni reducir su historia a la tragedia de su partida, sino volver a leerla, escuchar las palabras que ella escuchó, permitir que su investigación continúe interrogando el presente y devolverle al mundo las voces que reunió para salvarlas del olvido.
Porque mientras una palabra pueda ser pronunciada, estudiada, comprendida y transmitida, todavía no ha desaparecido. Y mientras sigamos escuchándola, la voz de quienes nos la legaron continuará entre nosotros”.