Guaviare

Senderos de Malokas Ancestrales: saberes y selva del Guaviare

Hacer la Senderos de Malokas Ancestrales en San José del Guaviare no es sumar actividades a un itinerario: es aceptar una invitación a entrar, por unas horas, en la vida cotidiana de pueblos que han hecho de la selva su casa, su templo y su escuela. El viaje comienza con una sensación de transición: la carretera se va apagando, aparecen las primeras formaciones rocosas de la Serranía de La Lindosa, el aire se espesa con la humedad y los sonidos cambian. En este territorio, cada piedra, cada árbol y cada brazo de agua tiene una historia que las comunidades Tatuyo, Kubeo, Tukano Oriental y las familias colonas comparten no desde el espectáculo, sino desde la intimidad de sus malokas y sus proyectos de vida.

La primera puerta se abre en la maloka Tatuyo. No hay filas ni flashes; lo que hay es un llamado a respirar hondo antes de cruzar el umbral de una casa que es al mismo tiempo escuela, templo y memoria. Los sabedores esperan con carayurú entre las manos, una pintura roja que ha marcado rostros y cuerpos desde tiempos que no caben en los calendarios. A partir de allí, los sentidos se afinan: el humo del fuego, las sombras del techo y el ritmo de las maracas y las flautas de carrizo acompañan relatos sobre la selva como “gente-árbol, gente-río, gente-piedra”. Comer un trozo de casabe o probar una quiñapira caliente deja de ser un gesto exótico para convertirse en una forma de entender cómo un pueblo aprendió a alimentarse sin romper el equilibrio con el bosque.

“El trazo de carayurú sobre la piel no es maquillaje: es un saludo a la selva.”

Desde esa maloka, el camino continúa hacia la casa de sabores y saberes de Lili y la chagra, el sistema de cultivo que sostiene la vida amazónica. Acompañado por familias guanano y kubeo, el visitante descubre que la yuca brava no es un ingrediente cualquiera, sino una raíz que guarda veneno y alimento a la vez, y que solo el conocimiento ancestral transforma en fariña y casabe seguros. El ají se revela como mucho más que picante: es medicina, conservante y compañero de trabajo. Las manos del turista entran en escena: pelan, rallan, exprimen, extienden la masa sobre la plancha caliente y trenzan el pescado que será moqueado con humo lento. Al final, sentarse a almorzar lo que uno mismo ayudó a preparar deja una huella distinta: comer se siente como un acto de gratitud y no solo de consumo.

La ruta también muestra que la ancestralidad no se quedó en el monte. Con los Tukano Orientales, el recorrido entra en la ciudad para seguir el hilo de un humedal urbano que, para muchos, podría pasar por “un charco más”. En voz de los guías locales se convierte en otra cosa: en aula al aire libre donde los abuelos enseñaban a pescar, en fuente de plantas medicinales, en escenario de historias contadas al atardecer. Hoy, esos mismos riberanos muestran con orgullo las zonas recuperadas y los esfuerzos comunitarios por limpiar el agua, resembrar especies nativas y mantener vivo un ecosistema que regula el clima y da refugio a aves y anfibios.

Más adelante, la maloka Kubeo propone un cambio de ritmo. La entrada se hace con jugo ancestral en mano y un círculo de sillas que invitan a la conversación. La sabedora explica que esta casa es lugar de palabra y de decisión. El visitante escucha cómo cada canasto, cada bolso y cada pieza tejida en cumare y bejucos codifica historias: la piel del tigre, el curso del río, el camino de las hormigas, las visiones que trae el yagé. Los motivos geométricos dejan de ser patrones decorativos y se revelan como un lenguaje propio.

“Un balay sirve tanto para recoger la yuca como para guardar las palabras de un padre con sus hijos.”

Cuando el calor del día aprieta, la ruta se abre paso hacia los Pozos Naturales de La Lindosa, esas piscinas excavadas por el agua durante miles de años en la roca amarilla del Escudo Guayanés. La caminata por el bosque lleva a un sistema de cavidades donde el agua toma tonos cafés, amarillos y verdosos según los minerales y la vegetación. Aquí, el guía invita a detenerse, a guardar silencio, a escuchar el río y a pedir permiso antes de entrar. El baño, lejos de ser solo diversión, se vive como un pequeño ritual de confianza: el cuerpo se abandona al agua fresca y la idea de “patrimonio natural” deja de ser un concepto abstracto para volverse sensación en la piel.

La última parada, EcoCheyenne, condensa muchas de las lecciones de la ruta. Este proyecto familiar se presenta como un laboratorio donde medio ambiente, tecnología y arte se juntan para contar la historia del Guaviare. La bienvenida llega en forma de bebida aromática de la huerta y un desayuno o almuerzo de cocina fusión: platos que mezclan frutos y raíces amazónicas con técnicas y productos colonos. Después, el taller de pigmentos y pictogramas invita a ensuciarse las manos: se explican símbolos presentes en las rocas y en las artesanías, y cada quien estampa su propio diseño. El arte se vuelve vehículo para hablar de biodiversidad, de memoria y de futuro.

“Lo que llevas en la maleta pesa menos que lo que cargas en la memoria.”

La experiencia culmina en una galería que exhibe fotografías de aves, reptiles y mamíferos de la región y abre paso a una sala audiovisual donde se proyectan imágenes captadas por cámaras trampa. Tigrillos, venados, armadillos, zorros y aves nocturnas aparecen en pantalla, mostrando que la selva sigue ahí, moviéndose cuando nadie la está mirando. Saber que esos registros sirven para monitorear la fauna y diseñar estrategias de conservación hace que el entretenimiento se convierta en aprendizaje: la ancestralidad puede dialogar con paneles solares, sensores y pantallas sin perder su esencia, cuidar la vida.

Al terminar la Senderos de Malokas Ancestrales, el visitante se da cuenta de que lo que lleva en la maleta pesa menos que lo que carga en la memoria. Ha sido pintado con carayurú, ha cocinado con yuca y ají, ha caminado humedales que resisten a la ciudad, ha leído símbolos en los tejidos, se ha sumergido en agua esculpida por milenios y ha visto la selva desde los ojos de una cámara trampa. Vuelve a casa con una certeza difícil de olvidar: hay territorios que solo se entienden cuando se caminan al ritmo de sus malokas.

Vive esta experiencia

Senderos de Malokas Ancestrales

Ver la ruta ›
‹ Volver al blog
Comienza tu aventura aquí