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2012-07-10
 

Martes de Relata: Si le adivinara todas las miradas

 
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Todos los martes el Ministerio de Cultura publica en su página web una selección de cuentos y fragmentos de novelas cortas escritos por los asistentes a los talleres vinculados a la Red de Escritura Creativa - RELATA y a los talleres virtuales, promovidos por el Ministerio de Cultura a través de esta Red.

Reseña de la autora

Claudia Lama (Barranquilla, 1973), es diseñadora de interiores. Desde 2008 participa en el taller José Félix Fuenmayor, que hace parte de RELATA, la red de talleres de escrituras creativas apoyada por el Ministerio de Cultura. Ha publicado sus cuentos en la revista dominical del periódico El Heraldo y en la separata especial de la revista Cambio en Diciembre de 2009. Si le adivinara las miradas, es un cuento producto del taller dictado por el escritor colombiano Antonio Ungar.


Si le adivinara todas las miradas

Si pudiera saber qué piensa ahora, cuando levanta los ojos del libro y no me mira a mí sino a la nada por encima de los techos manchados y grises de las casas vecinas.

Dice que de alguna manera va a lograr que yo lea más, por eso me asalta con fragmentos de las novelas que lee. A mí no me interesan, pero la escucho como si fuera un niño al que le van a revelar el misterio de un cuento, quiero que crea en todas las posibilidades conmigo. El jueves vino a comer con una novela nueva. Me leyó la primera página sentada en el sofá mientras yo preparaba unos sándwiches: algo sobre una mujer nostálgica en una terraza recordando amores que se fueron para nunca volver. Pero cerró el libro antes de terminar. Hoy no tengo ganas de historias tristes, dijo, se quitó las gafas y me miró con una de esas miradas que ya le conozco. Se levantó y vino caminando descalza sin quitarme los ojos de encima. Solté el cuchillo y comenzamos una historia más feliz en la hacinada cocina. Dejó la novela olvidada en el sofá hasta hoy, que le ha dado por leerla desde temprano. 

Anoche estuvimos en la fiesta de cumpleaños de una de sus compañeras de oficina, según ella una idiota con ínfulas de mejor vida. Quiso ir a ver la casa de la qué tanto alardea. Llegó con su mejor cara saludando a todo mundo, presentándome como su nuevo novio. Uno de sus compañeros me estrechó la mano diciendo pero si aquí está el ilustre que hizo el milagro. No tuve tiempo de preguntar por el milagro con cara de “amable” curiosidad porque ella le hizo una mueca, no le hagas caso, y me jaló al otro lado del salón.  Luego de conseguir unos tragos me dejó charlando con algunos maridos, para que vayas conociendo a la gente, mientras la anfitriona le hacía un tour por la casa. Me miró un par de veces desde otro lado de la sala, charlando con amigas o recorriendo los muebles con los dedos, haciéndome cómplice de quien sabe qué pensamientos. Cuando me mira así, como diciéndome algo en secreto, que yo no entiendo, me la quedo viendo con cara de cómplice, quiero que tenga todas las complicidades conmigo. En la fiesta estuvo radiante, animada, luciendo el nuevo pantalón rojo, que le queda tan bien, hasta que apareció el flaco con pinta de yuppie reciclado y entonces le cambió la cara. Me acerqué. Y ese milagro de tenerte por aquí. Vine a pasar el fin de semana. La sentí incómoda. Gabriel, mi novio. Lo noté ligeramente aturdido.  Mucho gusto, Carlos. Y de pronto a ella le entró el afán por irse, cuando normalmente soy yo el que insiste ya veo almohadas en las paredes. Y así comenzamos la despedida. Gran fiesta, le dijo a los anfitriones unos minutos después en la puerta, tienen una casa preciosa. Una mierda, me susurró camino al carro.

Durante los regresos no para de hablar, me cuenta acerca de todo, la gente, la decoración, la comida, el servicio, la película. Dice que soy un despistado, que no me doy cuenta de nada. La escucho, me divierten sus ocurrencias, me cautiva la forma como su mirada minuciosa recorre la vida. Piensa que no le pongo atención porque le respondo poco, se molesta, le digo que para ella soy todo oído, me mira sospechosa, consiente, me sigue contando. Pero anoche estuvo callada. Lo único que logré fue que me contara que el tal Carlos trabajó un par de años en la empresa y que hace unos meses consiguió un empleo mejor pago en otra ciudad. Cuando llegamos dijo que estaba muy cansada, se desvistió rápido y se convirtió en una crisálida acostada a un lado de la cama. Me tragué en seco las ganas de sacarle el pantalón rojo.

Hoy salió de la cama antes que yo, ella, que dice categórica que las mañanas de los domingos son para dormir. La encontré ojerosa en el balcón, sentada al lado de la mata que revivió desde que me obliga a cuidarla, absorta en el libro de la historia triste, apática a todo plan que propuse para salir. Y el día que amaneció soleado, perfecto. En la cocina encontré media jarra de café.  No tengo hambre, me dijo apenas, concentrada en la maldita novela.

Quisiera sentarme a su lado en el balcón, pero sólo caben ella y la mata. La miro a ratos asomado desde la pantalla del portátil. Estoy a la vista mal acomodado en el sofá, haciendo el ruido que puedo sin ser muy obvio, pero es inútil. Tiene los ojos ensombrecidos como por un dolor añejo. No me ha leído nada, pasa las páginas, se detiene, mira lejos, vuelve al libro. Yo me pregunto qué hace leyendo sobre amores que se fueron el único día de la semana que pasamos juntos.

Hace un rato casi tropiezo con la tetera china que consiguió emocionada el domingo pasado en un pulguero. Me tiene invadido con baratijas arrumadas en un rincón que este apartamento no se puede dar el lujo de ofrecer, el rincón de la vida que sueña, de la que a veces me habla, cuando la situación mejore, pero la que no sé todavía si sueña vivir conmigo.

Tengo ganas de hacer sonar las llaves, luego vuelvo, salir sin decir nada más, cerrar de un portazo, hacerme notar, irme un rato al carajo, no contestarle el celular, volver tarde. Pero mejor me calmo y practico lo de mirar en perspectiva, estoy cansado de cagarla. Quizás es uno de esos días de ella a los que mejor me voy acostumbrando. Quizás más tarde se aburra de leer y me cuente sobre el libro después de hacer el amor, quizá demos un paseo antes de dejarla en casa de su tía. Quizás el próximo jueves me asalte con fragmentos de una nueva novela, quizás no haya más encuentros con amores que se fueron para volver un sábado a joderlo todo, quizás el próximo domingo la encuentre en la cama cuando despierte, diciéndome que hace demasiado calor como para que la abrace. Quizás preparemos el desayuno juntos.

Mientras me sirvo un vaso de agua, suena su celular. Lo tiene al lado de ella en la poltrona. Mira quien llama, pero no contesta. No me atrevo a preguntarle quién es. Deja el libro. Me sonríe cuando pasa rumbo al baño. Seguro va a dejarme aquí plantado para ir a encontrase con el malparido flaco.
Me mira cuando sale del baño envuelta en la toalla. Amor, ¿estás bien? ¿Tienes hambre?

Por Claudia Lama

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