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2014-09-18
 

Una postal viva que enamora

 
Foto: Edward Lora, MinCultura - @edwardloram
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El programa Escuelas Taller Herramientas de paz, es un proyecto de MinCultura que busca preservar los oficios tradicionales del país. Una de las 8 escuelas está en Barichara, Santander.

Por: Isabel C. Salas

Barichara es como una postal. Un cuadro de tonos cálidos ideal para mirar cuando se busca calma. El sol, amplio, amarillo y resplandeciente se hace presente desde temprano en el cielo de este pueblo santandereano, considerado por muchos, el más bello de Colombia.

Con los primeros rayos de sol se calientan los adoquines. Las casas de bahareque, pintadas en casi todos los casos a dos colores, abren sus puertas. El pueblo despierta, la pintura perfecta cobra vida.

A un par de cuadras del parque central, jóvenes, abuelos, madres cabeza de hogar, campesinos y artesanos se reúnen. La Escuela de Oficios de Barichara es el punto de encuentro, un espacio de formación en oficios tradicionales con dos sedes en las que se dictan talleres y cursos técnicos en cerámica, encuadernación, cocina, tejido, confección, entre otros.

“La tradición del tejido aquí es por familias, es un oficio noble que tiene el poder de unir” sentencia Marcela Carrasco, la instructora del taller de fique. Barichara, y los pueblos aledaños, tienen como parte de su herencia este oficio, en el que tradicionalmente participaban desde los más pequeños hasta los más adultos: Los niños formaban los ovillos, las mujeres hilaban y los padres tejían. Incluso, en muchos casos, los telares se construían en casa: “Mi papá señor, cortaba la madera y hacia el cuerpo entero, porque él no tenía cómo mandar a hacer un telar de estos a la carpintería, pero era uno igualitico, lo que pasa es que era rústico, era la única diferencia” cuenta Isabel Ortiz, una de las estudiantes más juiciosas de la clase de fique. Su experiencia como tejedora la convierte en líder y ejemplo de su clase.

Hasta hace unos años, Isabel tejía costales con fique, de esos que se usan para transportar los mercados, para empacar las papas, las naranjas o los plátanos. El fique para Isabel, es sinónimo de trabajo, de esfuerzo, pero sobre todo, de bienestar. “Al día sacaba 50 pares de sacos entre yo y mi mamá, y mis hijos cuando llegaban del colegio les tocaba ayudar a recoser, para ir a comprar lo de la comida ese mismo día y tener ellos para viajar a Promoción Social, que era el lugar donde estudiaban. Gracias al fique saqué mis hijos adelante”.

Sin embargo, el tejido fique para muchos también significó sacrificio. “Trabajaban 10 horas diarias, iban y vendían los costales y traían 200 pesos, de ahí sacaban para comprar material y para volver a tejer, les quedaba para una panela y ya, listo, vuelve y juega, y era todas las semanas así. Cambiar eso es lo que tratamos de hacer en la Escuela de Oficios, por un lado rescatar el tejedor que está en la sangre de la comunidad, y segundo, mostrarles que hay otras posibilidades con el tejido, no 10 horas haciendo costales para 200 pesos, sino que hay otras cosas y mucho más bonitas, más amables en todo sentido”, afirma Marcela.

Con la Escuela de Oficios de Barichara, que hace parte de las 8 Escuelas Taller-Herramientas de Paz del Ministerio de Cultura, se busca preservar las tradiciones culturales de la región, fomentando con la enseñanza y práctica de oficios tradicionales empleo y emprendimiento cultural.

“Gracias a Dios que tenemos este taller que nos ha beneficiado muchísimo… aquí se están aprendiendo muchas cositas con el oficio del fique…  Aprende uno mucho, no se le olvida este oficio que yo si quisiera que muchos jóvenes, no solamente uno viejo ya, sino que los jóvenes aprendieran el oficio para conservar esta tradición” concluye Isabel.

Pero el tejido no es el único que une familias, esfuerzos y corazones, en Barichara la comida también es sinónimo de encuentro. “Para mí la cocina significa amor, cariño, amistad, ternura, uno con la cocina y con la comida expresa demasiados sentimientos”, asegura Ana María, una joven de 14 años que después del colegio asiste a clases de cocina en la Escuela de Oficios.

“Me parece muy importante el énfasis sobre las cocinas tradicionales porque ahora algunas personas no quieren comer cabrito, ni sobrebarriga, mute, sancochito, ni nada de eso, gracias a las clases de cocinas evitamos que esto ocurra y fortalecemos la tradición”.

Para Ana María la cocina es toda una pasión, un continuo viaje que le permite no solo conquistar saberes y sabores, sino también llenar de ingredientes sus sueños, su proyecto de vida. “En la Escuela de Oficios puedo experimentar esta gran aventura que es  la cocina, una oportunidad para que no perdamos a futuro todo lo que nuestros antepasados nos inculcaron, para que proyectemos nuestra vida, porque si nosotros no lo aprendemos o no lo enseñamos, quién más lo va a hacer”

En la Escuela de Oficios se dictan cursos básicos y técnicos de cocina, ambos en una amplia sede de dos pisos construida y dotada por el Ministerio de Cultura, un nuevo espacio que se hizo necesario por la gran acogida que ha tenido esta alternativa de formación en Barichara y en municipios aledaños como Villanueva, San Gil y Guane. En esta nueva sede, se dictan además talleres de encuadernación artesanal y tejido en fique, convirtiéndose en el lugar ideal para que la comunidad aprenda, comparta y disfrute de las tradiciones de su región.

“Mi plato favorito típico es el mute, es delicioso, en una tarde de domingo, en un paseo con la familia… Lo más importante del mute es que lleve maíz o mazorca, carne de cerdo, carne de res, pollo, zanahoria, habichuela, ahuyama, apio, yuca, papita picada y pues se deja cocinar una hora y media hasta que empiece a espesar y ya, se sirve calientito. Para mí el mute es lo que mantiene a la familia unida” concluye Ana María.

En Barichara las tradiciones sirven de excusa para atraer a propios y extraños.  Y es justamente, la Escuela de Oficios uno de los sitios en los que se reúnen familias y amigos provenientes de diversos municipios de Santander, de otras regiones del país e incluso del extranjero.

Para Ramiro Rondón, quien llegó a la Escuela de Oficios como estudiante y que hoy ejerce como instructor del taller de encuadernación, este espacio de formación no solo tiene la capacidad de unir alrededor de las tradiciones de la región, sino que también tiene el poder de transformar a quienes pasan por ella.  “La Escuela de Oficios le puede cambiar la vida a las personas porque nos da una nueva manera de vivir, de conseguir nuevos ingresos y que el pueblo tenga unidades de trabajo… que mejor que la gente no se vaya para el campo a tirar plomo sino que tenga un sitio donde aprender y trabajar”.

El cielo siempre azul, las montañas verdes que se imponen en el horizonte, el viento fresco que hace fiesta en las tardes de Barichara y sobre todo, sus tradiciones y cultura, hacen del pueblito más bonito de Colombia un escenario de paz. Una postal viva que enamora.


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