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2015-05-05
 

Mincultura rindió homenaje a Albalucía Ángel en la Filbo

 
Foto: Milton Ramírez @FOTOMILTON
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​Carta que Liliana Ramírez, docente de literatura de la Universidad Javeriana, le leyó a Albalucía Ángel en el homenaje que le realizó el Ministerio de Cultura y la U. Nacional por los 40 años de "Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón".


El pasado lunes 27 de abril, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el Ministerio de Cultura y la Universidad Nacional de Colombia rindieron homenaje a Albalucía Ángel, escritora colombiana reconocida por Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, novela publicado hace cuatro décadas y reeditada este año por Ediciones B. 

Durante el homenaje Ángel recitó y cantó algunos versos como "Gracias a la vida que nos ha dado tanto. Todos somos paz" (Ver video de Ángel cantando aquí) y recordó que "Los niños son la paz del universo". 

En el evento, al que asistieron académicos de la Universidad Nacional y la Universidad Javeriana, se hizo un recorrido por Estaba la pájara pinta, sentada en el verde limón y se destacó el papel que cumple en la construcción de la memoria de Colombia. 
 
 Foto: Milton Ramírez @FOTOMILTON
 

Liliana Ramírez, docente de literatura de la Universidad Javeriana, leyó la siguiente carta a Albalucía Ángel durante la ceremonia, con el fin de destacar el papel preponderante que tiene la novela para las nuevas generaciones, quienes, gracias a su lectura de la obra “han vuelto a creer en la fuerza de la literatura y el arte para impactar el mundo”: 

Bogotá, abril 25 del 2015      
 
Querida Albalucía:  
 
Hace unos días en el desayuno, en medio del corre-corre entre el huevo, la leche y el bus que ya viene, mi hija Emilia me contó que en el colegio les habían hecho un taller sobre memoria y víctimas para reflexionar este 9 de abril, sobre nuestros contextos de violencia.  Señaló impresionada, que cuando estaban discutiendo quién era una víctima, un compañero había propuesto no referirse a los muertos como víctimas y reconocer como víctimas solo a los que quedan vivos porque “por los otros ya no se puede hacer nada”. Emilia se preguntó aterrada ¿Qué pasaba  entonces con los muertos?, ¿Qué papel jugaban en ese “por ellos ya no se puede hacer nada”? De alguna manera le parecía una terrible violencia esa propuesta de no nombrarlos, no acordarse de ellos, no reconocer su ausencia. Hablamos entonces, ella y yo, de cómo en Puerto Berrío los habitantes del pueblo recuperaban los cádaveres que vienen río abajo, los adoptan, les dan un nombre que aunque no es nunca el de ellos, los dignifica y humaniza. Y aunque ni ellos ni sus familias se enteren de que alguien les ora y lleva flores, en esa comunidad que hace duelo, en la que todo muerto tiene rostro e historia, la violencia sigue doliendo y les es necesario resistirse a ella. Muchachos como Emilia, Albalucía, con sed de memoria porque saben este país suyo son los que leen ahora tu Pájara.  
 
También hace poco, el otro día en la clase de Narrativa Colombiana en la Javeriana, Harold un estudiante caleño nos contaba que en Semana Santa había ido de vacaciones a ver a su gente y estando sentado comiéndose una hamburguesa con una amiga en un café, el mesero se le arrimó y le dijo: “Sentate pal otro lado que te vean la cara. No vaya y sea que te confundan”. Harold nos contó esto críticamente para decirnos que cuando vivíamos acá en Bogotá pensábamos que la violencia era algo excepcional.... pero otra estudiante, Camila, dijo que tristemente que la violencia era tan poco excepcional en nuestras vidas que todos habíamos entendido en lo que dijo Harold que el riesgo era que pasara un sicario y le disparara pensando que era otro. Estos muchachos, que se saben envueltos en un marco social determinado por la violencia, pero que se impresionan y entristecen con ello son los que hoy te leen, Albalucía. 
 
En estos últimos años hemos vuelto a leer tu Pájara en mis clases y me ha impresionado la recepción que tiene entre los jóvenes. Acostumbrados ya a fragmentos y múltiples voces, a tiempos no lineales, contrapuntos y simultaneidades, sin mucha dificultad se sumergen en una relación profunda e intensa con la novela. Se entregan a la lectura como un rito, la asumen como un diálogo, se sientan dispuestos a escuchar con cuidado y luego, en clase y en sus textos, no te imaginas como le contestan. Natalia, por ejemplo dice: “Lo que se narra acá no es solamente la historia de una niña, o sus papás, o su empleada, o de campesinos afectados por la guerrilla, o de estudiantes que se levantaron en contra del gobierno; lo que se ve acá es la historia de Ana, Lorenzo, Valeria, don Valeriano, o doña Cecinda y don Gregorio; y si las Aparicio tienen las mismas costumbres de mis tías entonces es también la historia de ellas, y si Sabina habla idéntico a mi abuela entonces es su historia, y si la mamá de Ana es igual a la mía entonces ahí está ella. Es una historia con rostros, nombres propios e historias de vida. Y si mi mamá, mis abuelos y mis primos están acá, entonces yo estoy con ellos. Yo estoy en esta historia de guerras, de matanzas, de prisioneros políticos, de torturas, de desplazamientos; yo estoy con esas familias que fueron obligadas a dejarlo todo atrás  y comenzar de nuevo, yo estoy con esos estudiantes que pelearon por la justicia. Esta es mi historia”. 

 
 
 Foto: Milton Ramírez @FOTOMILTON 
 
Y sí, Albalucía, los muchachos sienten que la novela les habla a ellos. Reconocen no solo canciones y juegos como “estaba la pájara pinta sentada en su verde limón” o  “tun tun, quién es, la vieja Inés con las naguas al revés”, sino también  El ley, la Pony malta, las Chocolatinas Jet, el  jabón Palmolive. Se sienten en su casa con el: “¡Pero véame este niño cómo está de langaruto!” o “Yo tengo micos en la cara o qué?”. Reciben sin tener que preguntar quiénes son, las voces de Lleras Restrepo, doña Bertha, Chispas. Reconocen historias ya contadas en sus mesas sobre abuelos y tíos que vivieron el 9 de abril, las elecciones en las que subió Laureano Gómez, la votación del referendo por el Frente Nacional.... Y, sin embargo, esas Natalias en algunos momentos preguntan: “Yo por qué no conocía éste suceso? ¿Por qué no había escuchado esta parte de la historia?” Y entonces se enteran de la muerte de Uriel Gutiérrez y otros ocho estudiantes, en 1954, cuando conmemoraban el día del estudiante caído por  la muerte de otro estudiante que, 25 años atrás, protestó por la masacre de las bananeras, o  por primera vez oyen hablar del episodio de la Plaza de Toros de Santa María el 5 de febrero de 1956 en el que los agentes de inteligencia al servicio del dictador Rojas Pinilla sembraron el terror matando a un número no identificado de personas que pudieron haber sido, dos, tres, nueve, treinta y siete, como venganza por el abucheo que había recibido en la plaza la hija del general la semana anterior. Y entonces la novela los inserta en su historia, se las completa y pluraliza. Se las completa porque les cuenta cosas que no sabían y se las pluraliza porque les deja oír a Joaquín Estrada Monsalve, Ministro de Educación de Ospina Pérez, al Flaco Bejarano que llora la muerte de su Flower, a la misma Ana dando cuenta del 9 de abril en las calles, en Palacio, en Bogotá, en los colegios y plazas de otros pueblos. Les deja oír a Don Anselmo contar cómo tuvo que huir de su tierra horrorizado por los bandoleros y el corte de mica o el corte de franela y también a Teófilo Rojas, alias Chispas, narrando el asesinato de los que le dolían a él.
 
Pero, ¿sabes Albalucía? Más que recibir la historia de su país creo que lo que conmueve a los muchachos (les crea empatía) es recibirla como memoria, sabiendo que es provisional y falible, que está habitada desde lo privado por alguien, por Ana que perdió la fe en la magia el día en que el ratón Perez olvidó dejarle algunas monedas por su diente caído en medio del 9 de abril, por Ana que vivió el dolor del Che muerto en el dolor de la muerte de Valeria su amiga rebelde o en el cuerpo de Lorenzo, su novio torturado.  A los muchachos los apela la novela porque encarna la historia en un rostro, les pasa lo público por lo privado. Y, Albalucía, a partir de estas lecturas en las que la historia no son ya solo eventos y fechas sino seres humanos determinados cotidianamente por ella, algunos han vuelto a creer en la fuerza de la literatura y el arte para impactar el mundo. Hernán, por ejemplo, quien se graduó hace poco y consiguió trabajo como profesor de sociales, decidió discutir con sus estudiantes ciertos eventos históricos a partir de la literatura y no de la historia misma porque piensa que el 9 de abril vivido por Flower y el Flaco Bajarano o la Violencia bipartidista de la que le tocó huir a Don Anselmo, les eran más reales a sus propios estudiantes que los datos de muertos y eventos. Es que tu literatura humaniza la historia;  nos la vuelve a hacer nuestra y por tanto, nos vuelve a hacer responsables de ella con horror y afecto.  
                                                                                
Pero quiero contarte además,  Albalucía, que a pesar de asomarnos a los ojos del monstruo como dice una Valeria de la Javeriana, los muchachos salen del mundo de Ana esperanzados, de alguna manera. Cuando leen cómo en tu novela el dolor de una violación es sanado en un acto de amor, aunque esta sanación no sea para siempre, saben que el duelo es posible aunque sea interminable, mucho más en las condiciones de un país como el nuestro en el que hay que hacerlo en medio del dolor que cada semana vuelve a hurgar porque vivimos aún en medio del conflicto. Para sanarnos un poco en medio del camino, una y otra vez en las clases repasamos tu novela cuando dices:
 
“Porque si yo te cuento cómo Lorenzo me despertó esa noche: oye, ¿por qué no hacemos el amor, y no alcancé a responderle porque me estaba acariciando, ¡sabías que tu pecho es el más lindo del mundo?, y comenzó a mamar muy  dulcemente, a despertar mi cuerpo, a descubrirlo, me lo he soñado siempre, susurró, y su lengua quemaba como una llama viva, absorvía mis jugos, me colmaba de tibiezas que me hacían deshacer en suaves sacudidas, yo también lo he soñado, repetí, mientras sentí su miembro ávido, buscando, taladrando, me haces daño, gemí, pero no me dio tregua y aquel dolor era algo insoportable, yo no puedo, ¡no puedo!, porque el cuerpo de Alirio era el que me montaba haciéndome sentir lo de aquel día en el cañaduzal: cómo es tu amiga, ¡tan linda como tú?, me preguntaba mientras sus manos me hurgaban sudorosas, y yo sentí el contacto de algo duro entre mis piernas mientras que él se iba poniendo todo tenso, no te hace daño quieta, no tengas miedo amor, y con su boca me sofocó los gritos, ¡te gusta así...?, pero no soportaba, ¡que no! forcejee, pero él me abrió los muslos,  no temas, y comenzó a salir y a entrar, a levantarme en vilo mientras sus manos apaciguaban  mis caderas, sin violencia, sin prisa, hasta que al fin aquel dolor  dejó de ser como una cuchillada y  y la imagen de Alirio se fue descomponiendo,  y de nuevo aquel vértigo, pero era diferente porque la nausea no me acosó esta vez ni se rompieron las entrañas sino que más bien se fueron esponjando como una flor que se abre en muchos pétalos, y sin pensar en nada más yo me dejé invadir de esa violencia que socavaba con ternura y me enseñaba cuál es la diferencia entre dar y entregar, entre una piel hermana y una piel mentirosas, es la felicidad le oí decir, y me sentí de pronto impulsada hacia un espacio enorme, quieto al principio, como si nada lo habitará, y luego fui cayendo, cayendo,largamente, dulcemente, colmada”.
 
Cuando leemos esto, nos damos cuenta  de que el duelo es posible para este país y para nosotros. Nos damos cuenta de que hay que hacer memoria, darle la cara al horror de nuestras historias públicas y privadas, reconocer el dolor, pero luego dejar cicatrizar, porque como dice Piedad Bonnett  “Las cicatrices, (pues), son las costuras / de la memoria,/un remate imperfecto que nos sana/dañándonos. La forma/ que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas”.
 
Por todo esto, Albalucía, gracias. 
 
Liliana Ramírez
Docente de Literatura de la Universidad Javeriana

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